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COLOMBIA: 4 HORAS DE VISITA IMPERIAL

Por Elsa Claro

George W. Bush no se ensució mucho los pies en Colombia. Dicen que apenas caminó desde el Air force One hasta la Casa de Huéspedes Ilustres. Unos 15 mil efectivos fueron puestos en alerta y un virtual estado de sitio rigió por aire mar y tierra durante su estancia. Demasiado para una nación con problemas tan urgentes como para castigar a la ciudadanía con tan indeseable huésped.

El anuncio de que gestionará ante el congreso norteamericano una extensión del Plan Colombia no es tema que haga saltar de alegría a casi nadie. Al cabo de un cuatrienio funcionando, resabido es que nada tiene de ayuda al desarrollo ni de compensaciones –como afirmaran- a los campesinos e indígenas desplazados por las fumigaciones de sus territorios, la depredación del paramilitarismo o del propio ejército oficial.

Bush y su principal aliado en el área, Alvaro Uribe, prefieren decir que este es un plan contra el narcoterrorismo. La palabreja, con todo lo que de engañosa tiene no puede engatusar a quienes son sus víctimas directas. 3 300 millones de dólares se han gastado desde el 2000 a la fecha y en realidad ¿qué ha resuelto?

Los congresistas estadounidenses son los primeros en preguntárselo y cuando hace dos años el propio Bush pidió más fondos para continuarlo, no pocos le exigieron que demostrada las ventajas que representa para EE.UU.

Puestos en ese plano lo más probable es que tanto Clinton cuando le dio inicio en el 2000, como su seguidor más tarde o ahora, hayan convencido a los escépticos con datos convincentes:

Las grandes petroleras norteamericanas tienen concesiones de explotación que, aunque anticonstitucionales, se otorgaron por los gobiernos de Andrés Pastrana y sobre todo de Uribe. En esa esfera se estableció el llamado impuesto de guerra que penaliza con un dólar cada barril del crudo extraído. Ese dinero debía servir para financiar diferentes operativos, pero resulta que la mayor parte se dedica en pagarle a mercenarios que se encargan del cuidado de los oleoductos o en recursos para el propio ejército en una estrategia de protección de las multinacionales petroleras.

Esa táctica permite que en departamentos como los de Arauca, Bolívar y Sucre, se hayan invertido enormes fondos, de los cuales 99 millones fueron empleados para financiar la vigilancia del oleoducto Caño Limón-Coveñas por donde transita el hidrocarburo de varios gigantes petroleros, ente ellos la Occidental Petroleum o la Oxi (la segunda explotadora del crudo en Colombia) a lo largo de 773 kilómetros para embarcarlo en la costa caribeña hacia Norteamérica.

Los socios británicos no se quedan detrás. La British Petroleum extrae del yaci-miento Cusiana recursos equivalentes al que podría ser el presupuesto nacional de Colombia durante 8 años, según reportan fuentes de esa nación y permiten tener idea de cuanto significa perder un recurso no renovable que bien usado serviría para el progreso.

Son pocas muestras y simples, pero explican la progresión de las inversiones norteamericanas: primero 1 139,1 millones de dólares en julio del 2000. Luego 380,5 millones en marzo de 2002, en el marco de los 782,3 millones de la Iniciativa Andina, y, después, otros 663,29 millones, en el 2003 y parecido en el actual. Esencialmente para proteger negocios de las transnacionales.

El Plan Colombia indica que no es ni nuevo ni único el mecanismo establecido para abrirle camino o darle cobertura a las grandes empresas. La propia guerra en Iraq sería otro lamentable ejemplo del cual están por verse todavía muchos malos episodios.

El esquema se repite. En la nación invadida la nueva embajada norteamericana será inmensa y con una cantidad de empleados que parecen ser necesarios no para ocuparse de asuntos diplomáticos, sino de transacciones económicas.

Por eso será que la sede en Colombia tiene más de mil empleados y el país es te-nido como el que más ayuda militar recibe de Estados Unidos. Solo superado por Israel y Egipto.

El eterno y sacrosanto bussines forma parte de la agenda política. Los intereses se extienden, pues el Plan Colombia no es otra cosa que la cabeza del puente que como queda dicho en cuatro párrafos atrás, incluyen esa Iniciativa Andina que implica en parecidos trasiegos a Ecuador (convertido en uno de los centros de espionaje mayores que posee Washington en el exterior) y Bolivia, otro país donde hay mucha pobreza aunque a su costa se enriquezcan esos grandes consorcios extranjeros.

Eso es grosso modo y a pesar de que como se dice, a la Casa Blanca no le interesa América Latina. Y es cierto, salvo si algo puede sacar de ella.

Luego el asunto es abarcador, tan geoestratégico como otros lejanos objetivos donde no es fortuito que anden esas mismas trasnacionales alterando el orden, en casos como el colombiano dándole prerrogativas a los paramilitares o permitiendo el narcotráfico, (aunque el susodicho Plan se supone sea para erradicarlo)y en otros, favoreciendo separatismos o guerras intestinas (sea el Cáucaso o en África) con el propósito de favorecer sus asuntos de bolsillo.

Bush parece entender que es suficiente con lo dado o con prorrogar lo que dará pues un empeño de Uribe, el tratado de libre comercio con el cual pensaba redondear el otro, queda en suspenso. Quizás sea, para la población desde luego, mucho mejor.

Porque delante, a un lado o en todas las esquinas del asunto colombiano hay diversos daños. Este país tiene uno de los sistemas impositivos más bajos del mundo, pero cuando Uribe decide obtener fondos, no los busca en las grandes fortunas y menos de quienes se llevan la riqueza del país, sino en el que extrae de pensiones o sobre el valor agrega-do de la canasta popular.

Sus reformas económicas son rechazadas por los sectores obreros, indígenas, campesinos o estudiantiles que recién hicieron las mayores protestas que se recuerdan en esa nación.

Ya que tanto exprime a la ciudadanía sería interesante saber cuánto le costaron al país esas cuatro horas de visita imperial.

 

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