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¿GUERRA DE LAS GALAXIAS A LO BUSH?

Por Elsa Claro
26 de octubre de 2006

Militares y políticos en activo o retirados de los dos partidos insisten en que Irak es un caos y que deben retirarse las tropas porque todo puede convertirse en algo peor que Viet Nam. El mismo mandatario recién admitió que existe un “paralelo” entre lo que sucede en la nación árabe invadida y lo ocurrido en el sudeste asiático. No parece darse cuenta que con ello, pone en línea la actual situación con aquella derrota y, por tanto, anuncia otra.

Como suele lanzar galimatías ininteligibles, pudiera tomarse como un desliz verbal, pero o se incrementan o es que una vez lanzada a los despropósitos, la administración Bush no cesa de ponerlos en órbita. Esta vez no es un eufemismo decirlo en esos términos, pues se trata de una política espacial que permitirá a Estados Unidos controlar el cosmos y restringirle igual posibilidad a los que considere países adversarios.

EE. UU. "se opondrá al desarrollo de nuevos regímenes legales que busquen prohibir o limitar" sus derechos a "llevar a cabo investigaciones, pruebas, operaciones y otras actividades en el espacio en beneficio del país". La Secretaría de Defensa tiene el aval para darle inicio al desarrollo de "planes y opciones" que garanticen esa prerrogativa y, "denegar esa misma libertad de acción a los adversarios", dicen párrafos de las páginas publicadas.

Por adversarios o enemigos se puede entender todo o todos lo que molesten a Washington que los ha fabricado para justificar imperdonables intromisiones. Luego todo cuando suceda a partir del proyecto citado, tiene rumbo temible.
"La prueba (con misiles) se llevará a cabo antes de que finalice este año y luego se procederá al despliegue de armas en el espacio cósmico", dijo a la cadena ABC Craig Eisendrath, ex funcionario de la Secretaría de Estado, quien participó en 1967 del primer acuerdo internacional sobre desmilitarización del espacio cósmico firmado entre Washington y Moscú.

Este proyecto es muy costoso. Solo en el 2005 se gastaron 3 000 millones de dólares, por eso en la era Reagan fue considerado inviable. Donald Runsfeld es uno de los impulsores principales de la polémica iniciativa. En el 2004, él encabezó un grupo que instó a promover "la opción de desplegar armas en el espacio para detectar las amenazas y, si fuera necesario, defender de cualquier ataque los intereses norteamericanos" o, lo que es lo mismo, evitar "un Pearl Harbor espacial". Adviértase cómo se crean peligrosos fantasmas.

La que se plantea como una revisión de la política espacial, llega antes de que se hubiera digerido bien la ley que autoriza las torturas, anula el derecho de habeas corpus, que evita los arrestos arbitrarios, y le otorga vigencia al sistema de tribunales militares que la Suprema Corte de EE. UU. calificó de ilegítimos.

Muchas preguntas surgen cuando se sabe que el plan estimula la participación del sector privado en esta materia. ¿Relaciones exteriores mediante empresas y corporaciones, dependiendo de oferta-demanda e intereses gananciales?
Tratándose de quienes son, resulta explicable. El equipo que dispone del poder en EE. UU. articuló un estado corporativo. Por tal se entiende el que emplea todos los recursos en función de objetivos de grupo o individuos, aunque ello implique, como está sucediendo, desatar guerras y gastar los aportes de los contribuyentes en acciones que esa misma sociedad rechaza.

Quien lo dude que acuda a las informaciones públicas sobre el aumento de las fortunas personales de varios miembros del gabinete. Solo el vicepresidente Richard Cheney, ha visto crecer su capital en proporción directa con las ganancias de Haliburton, la favorecida empresa que sin licitación se hace cargo de abastecer a las tropas en Iraq, aparte de obras en la infraestructura. El susodicho Runsfeld no está libre de parecidas culpas.

Desde hace mucho se trabaja para que la zona que circunda el planeta no se militarice. Con la cantidad de satélites que existen para diferente uso, tendría cierta racionalidad el que se intentara darle cierto ordenamiento, pero el plan de la administración estadounidense no se dirige a reglamentar el uso colectivo de ese trozo de universo, sino apropiarse de él incluso por la fuerza.

Siempre buscando justificantes le dan connotación de posible ataque enemigo a lo que les conviene tildar así. A poco de firmar la resolución sobre el espacio exterior, se reportaba la “preocupación” del director de la Oficina Nacional de Reconocimiento, Donald Kerr, asegurando que China había iluminado con láser un satélite estadounidense. El Pentágono sospecha que habían tratado de alterar su funcionamiento.

La mentira es como el alud. Comienza con un copo y concluye en avalancha. De que pretextos así se convierten en graves situaciones hay terribles evidencias en los anales humanos. Pero suponiendo que hubiera honestidad, no hace falta ni tanto dinero ni tanta prepotencia, para tener buenos resultados.

La directora del Centro de Información de Defensa, Teresa Hitchens, dijo en una entrevista radial para el Washington Post, que se pueden encriptar las señales y hay otras medidas tecnológicas posibles de protección de satélites. Para la experta, la ley firmada por Bush y los enfoques que la sustentan, conducen hacia una carrera armamentística.

Solo las sospechas pudieran alentar políticas destructivas. Los demás no van a sentarse a esperar un bombazo desde el espacio abierto. Tenerlo como posibilidad no es paranoico. Envenenar más las relaciones internacionales sí.

 

 

 

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