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NEOLIBERALISMO EN EUROPA

Por Elsa Claro

Las naciones europeas que comenzaron a implantar mecanismos desreguladores a partir de los 90 se encontraron con una resistencia similar a la que en los 80 provocara en el Reino Unido ese proceso.

Francia destronó a Alan Juppé en el 95 cuando este emprendió el desmontaje del sistema de protecciones sociales del país. Las protestas masivas llevaron a que abortara el primer gabinete monocolor luego de muchos años de cohabitación de las dos principales fuerzas políticas, pues obligados a realizar elecciones anticipadas tuvieron como resultado el reingreso de los socialistas galos al gobierno.

Lo extraordinario llegaría en los comicios del 2002. El primer ministro socialdemócrata, Lionel Jospin, en ese interregno a cargo del ejecutivo, se enteró de que no tenía aceptación alguna dentro de la sociedad francesa.

El escandaloso rechazo que recibió en las urnas la socialdemocracia gala estuvo movido porque en lugar de cambiar el modelo económico introducido por su antecesor de derecha, lo que hizo Jospin fue mantenerlo y trabajar sobre él.

Pero el disgusto social consecuente dio pie a una alarmante reacción: el ascenso de la ultraderecha, problema que también se registraba por entonces en naciones como Austria, Holanda, Bélgica.

A pesar de inconsecuencias como la cometida por Jospin, habrá que reconocerle a la izquierda, desde la más o menos sólida hasta la muy desleída que reaccionaran para que lo circunstancial no se convirtiera en algo de permanencia y gravedad superlativas.

Socialdemócratas, comunistas y el troskismo contemporáneo, votaron en favor de sus oponentes ideológicos con tal de cegarle el paso a los ultraconservadores.

Las oscilaciones del voto habrá que verlas como corolario de las confusiones provocadas ante la falta de elementos diferenciantes entre una tendencia política y otra. Esa es una de las características de la llamada postmodernidad.
Pero esta era tiene otros elementos erosionantes. Aparte –o como consecuencia- de las flaquezas ideológicas o precisamente por ellas, se abre paso la implantación del modelo neoliberal incluso en aquellos sitios más refractarios.

A inicios de la década gremios y facciones políticas se preocupaban por reducir la jornada laboral a 35 horas. Bien poco después, con el nuevo siglo, el debate cambia y lo que se busca es un aumento de la jornada y sin retribuciones compensatorias.

Mutaciones estructurales y cambio de códigos diversos acompañan el procedimiento envuelto en una fraseología que apela a “lo nacional” cuando de lo que se trata es de pocos bolsillos.

Un ejemplo de estos mismos días es el acuerdo entre sindicados de la industria automovilística alemana y el empresariado de la Daimler Chrysler. Según el pacto suscrito, los dueños se comprometen a no mover sus fábricas de la zona sur germana a cambio de ahorrarse 500 millones de euros anuales gracias a una extensión de la jornada sin resarcimientos y de congelar los aumentos salariales conveniados.

Si la gigantesca empresa antes conocida como Mercedes Benz estuviera en dificultades financieras, o si fuera la única, este asunto podría enfocarse de otro modo. Pero no es así. Se trata de un consorcio rentable que ganó 5 700 000 euros en el 2003. Y se trata, además, de que los trabajadores europeos tienen un óptimo aprovechamiento de la jornada, una alta tasa de productividad, que la coloca a nivel competitivo por encima de la norteamericana.

Estos elementos ponen de manifiesto que la exigencia de más horas obedece a un simple afán de lucro, al empeño en obtener mayores beneficios a cuenta de plusvalor.

Véase que el acuerdo se hizo a través de un virtual chantaje. O aceptaban esas condiciones o trasladaban sus talleres al este de Europa donde la mano de obra es muy barata. Si los gremios se negaban, unas 6 000 personas quedarían sin empleo. Aprobando los conservan durante los próximos 8 años.

Ese tipo de amenaza resulta muy efectiva en una nación donde hay 4 millones de parados y en la cual muchas prestaciones sociales se han eliminado o sufren transformaciones desventajosas para las mayorías.

Esta forma de maximizar los beneficios de las grandes fortunas no se revierten sobre la sociedad. El consumo general de la nación es bajo y no parece que se reanimará si no se introducen equilibrios en los ingresos promedio.
A pesar de ello, Gerhard Schroeder apoya los severos actos empresariales. Ha a elogiado esas recientes transacciones y su Agenda 2010, contiene elementos equivalentes o facilitadores de estas operaciones.

Sería apenas el inicio pues es dable suponer que si los representantes obreros se vieron forzados a pactar con los ejecutivos del gigante automovilístico, otras empresas germanas querrán de igual modo que sus empleados trabajen más horas y renuncien al correspondiente sueldo.

A esto el canciller federal, le llama flexibilidad y tiene un antecedente cercano en la compañía de medios electrónicos Siemens, cuyos directivos emplearon parecidos recursos de coacción con sus trabajadores.
Pero, muy lamentablemente, son apenas muestras de que el neoliberalismo infla sus velas en el Viejo Continente con malos vientos.

 

 

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