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PELIGROS Y COMPONENDAS EN MEDIO ORIENTE

Por Elsa Claro

Incluso si se desactiva o languidece la protesta contra el gabinete de Ehud Olmert es muy posible que el resentimiento de los reservistas israelíes que participaron en la ofensiva militar contra Líbano se mantenga, y hasta pudiera fomentar sucesos de futuro. El 42% de la variopinta población israelí es joven, y salvo sectores educados en extremismos religiosos o políticos, no está movida por criterios idénticos al de generaciones anteriores.

Una encuesta realizada por el influyente diario Haaret indica que el 67% de los menores de 30 años “no tiene interés” en la política. Por eso alrededor de la mitad de quienes no fueron a votar en las últimas elecciones, son jóvenes, entre quienes se considera que “Los partidos no nos ofrecen más que enfrentamientos, rencillas, pero no solucionan, por ejemplo, el problema de la precariedad laboral”. Dentro de la vida oculta tras cafés y tiendas de estilo europeo, hay un paro juvenil del 18%.

Buena parte de los estudiantes universitarios trabajan, en su mayoría se desempeñan como guardianes de centros comerciales, bares y todo tipo de sitios de recreo o negocio, donde nadie entra sin pasar por un detector de metales.

Es uno de los recursos que tienen las autoridades para justificar sus altos dispendios militares y la hostilidad permanente hacia sus vecinos. Se cultiva en las nuevas generaciones esa paranoia para influir en ellos y usarles como carne de cañón en las aventuras expansionistas o como brazo armado de los intereses norteamericanos en la región.

Aunque la destrucción de obras civiles y víctimas libanesas es inmensa, los resultados de la ofensiva desproporcionada contra el Líbano, con su inusitado saldo de bajas israelíes, rompió el mito de la invencibilidad de Israel, a pesar de su bien surtido arsenal. Empleó fósforo blanco como munición, acto prohibido por acuerdos internacionales y las criminales bombas de racimo.
A pesar de ello, y del atento apoyo norteamericano, Olmert atraviesa por una fuerte crisis y no le será muy cómodo salir de ella, si es que lo logra. No debe menospreciarse el desencanto de varios partidos que primero apoyaron la guerra sionista, pero concluyeron por decantarse de un gobierno y un decursar poco expeditos.

El desencanto de la población está inclinando la intención de voto hacia otros que, es de lamentar, no traerían tampoco una visión moderada, renovadora o lógica que encamine negociaciones y salidas verdaderas para el área y las diferencias entre Tel Aviv y sus vecinos.

Para Europa el desenlace trae complejidades por las que suele caminar de puntillas y con dos mochilas. Una está destinada a dar cierta imagen pública exterior. En la otra solo caben las conveniencias propias. Aparece como componedor de estropicios de su socio en Washington, pero tiene sus propios tejemanejes.

El Viejo Continente se ubica como el primer socio comercial de Israel, con el cual sostiene intercambios anuales por encima de los 15 000 millones de euros y hacia donde dirige programas de subvenciones en temas culturales y acuerdos de cooperación científica.

Su participación en las fuerzas de interposición, a nombre de la ONU, en el sur de Líbano, está cargado de paradojas. Exigen que se les de una misión clara y le piden a Israel que garantice que sus tropas no sufrirán ataques.

En tanto, Alemania, que asegurará el patrullaje naval de las costas libanesas, anunció que venderá a Israel submarinos capaces de transportar, y lanzar, desde luego, armas nucleares. No es cualquier cosa. El contrato está firmado con el astillero HDW de Bremen, pero lo financia el estado germano.

La dicotomía europea hizo que cesara su asistencia a los palestinos, que tienen casi 200 víctimas en Gaza, luego de dos meses de reocupada y en Cisjordania, una lista de legisladores y otros funcionarios secuestrados que amenaza con aumentar. El gobierno de Hamas continúa como pretexto para una hostilidad desmedida y extravagante, para un estado, el sionista, donde no anidan precisamente palomas.

Cualquiera sea la justificante, el asunto es muy sencillo. Con regresar a las fronteras de 1967, de podría crear un estado palestino y sostener relaciones civilizadas con él, en tanto cesarían las discordancias con Siria o el propio Líbano y serían más diáfanas las relaciones con Egipto, entre otros.

Claro, Israel está entrampado por sus intenciones de trazar las fronteras como les parece, aunque no necesiten tanta tierra ni esos jóvenes a quienes debería escuchar mejor tienen gran interés en perecer para tenerlas. El otro eje de la tramoya es la obediencia debida a EE. UU. que usa al estado judío para maniobrar en la zona protegiendo su seguridad petrolera, secundado por el Reino Unido, cuyos resabios de viejo imperio, contribuyen al mal.

Europa pudiera –fue lo que hizo hasta la invasión de Iraq- comerciar normalmente con estas naciones para la compra del crudo que también necesita, pero la subordinación política a Washington le complica sus derroteros. Por eso cambió de paso con respecto a Irán y el tema de la energía nuclear.

Occidente permite que los sionistas, y no solo ellos, tengan armas nucleares, pero le niegan igual derecho a los iraníes, quienes, hasta ahora, solo pretenden producir electricidad. Incluso suponiendo que trabajaran para dotarse del arma atómica, serían tan lícitas como las de cualquiera sus aspiraciones.

De una u otra forma, el país persa se ha convertido en un competidor de Israel y pudiera sobrepasarlo. Los planes de Washington para cambiar el Medio Oriente y hacerlo una pista despejada para sus apetencias, peligrarían si Tel Aviv pierde la superioridad en la región. Y Bruselas socorre a su socio trasatlántico, sin perder su propio apetito.

Una síntesis imperfecta del tema podría reducirse a que en tanto estas propensiones ajenas predominen y tergiversen la marcha normal de los acontecimientos, ni el asunto palestino ni el israelí, como centro de atención-repulsión, van a dilucidarse.

 

 

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