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¿Son los biocombustibles la solución?

Por Elsa Claro
29 de marzo de 2007

En febrero pasado el Panel Intergubernamental de Cambio Climático, dio a conocer en París el resultado de sus investigaciones. Del grupo creado por la ONU participaron 2 500 científicos de 131 países. Sus conclusiones fueron tan sencillas como dramáticas: el aumento del dióxido de carbono, originado por el consumo descontrolado de combustibles fósiles, está recalentando la Tierra, situación que lleva al deshielo en los polos, la subsiguiente elevación de los niveles oceánicos y con ello la inundación de grandes superficies costeras, entre diversos e irreversibles desastres.

Ignorar los efectos perniciosos que se están dando “puede tener consecuencias desastrosas para la economía, a un nivel similar a la Gran Depresión de 1930, y puede crear 200 millones de refugiados”, se afirmaba mientras tanto en otro reporte, obtenido a petición del Gobierno británico en uno de los muchos alertas lanzados al respecto.

Mientras tanto, en Estados Unidos se revelaban actos del gabinete Bush para silenciar a los científicos norteamericanos que por igual estaban tratando de dar a conocer similares conclusiones desde el 2004, como dejó saber, entre otros, el doctor Drew Shindell, del Instituto Goddard de Estudios Espaciales, entidad adscrita a la NASA.

No era posible, dados tales antecedentes, tomar de modo lineal el giro del mandatario. Pese a su reiterada negativa a suscribir el insuficiente Protocolo de Kyoto, de pronto, comenzó a mostrar interés en el tema y lo insertó en su discurso público, aunque como es usual, emocionalmente distanciado del hecho. Su actitud encaja en la de algunos dueños o altos accionistas de empresas trasnacionales, inopinadamente convertidas en defensoras del ecosistema.
Viendo que el petróleo no es eterno, esos grandes consorcios que tienen en sus manos la economía mundial, comenzaron a dar pasos enfilados hacia un asunto imposible de seguir ignorando. ¿Acaso la avaricia puede tener su lado positivo? No es el caso. Aunque existen experiencia y avances tecnológicos en el uso de energías limpias y renovables, como la eólica o la solar, la mayor parte de los negociantes no se inclinan por ellas. Prefieren los biocarburantes.

Posiblemente se deba a que Estados Unidos es el mayor productor mundial de etanol, producto que por lo general obtienen allí del maíz y la soya, dos alimentos que para ser convertidos en combustibles exigen sembrados extensivos, enormes superficies que provocan el desmonte de bosques enteros. La falta de masa vegetal así provocada, impide el intercambio natural con que la atmósfera se baña de impurezas.

El etanol y otros alcoholes, solos o en mezclas con los combustibles fósiles, son un elemento a tener en cuenta, pero no la solución plena a la cual aferrarse. Emplear terrenos fértiles que deben dedicarse a la producción de alimentos, es algo a repensar mejor. Sobre todo por cuanto los científicos prevén que el descuido, sumado al desgaste natural, hará desaparecer grandes zonas que ahora son fértiles y dejarán de serlo en decenios próximos.

Así lo explica un estudio realizado por Centro Europeo para la Conservación Natural, y otras instituciones, que dieron a conocer los escenarios del mundo rural para el 2020. O sea, dentro de poco más de un decenio.

Basándose en las variables económicas, sociales y demográficas (en último término colocaron las de carácter medioambiental) analizaron las tendencias registradas entre 1990 y 2005, concluyendo que la superficie cultivable del Viejo Continente se reducirá un 5% y la cantidad de personas dedicadas al sector, descenderá en proporción parecida.

Entre los factores que influirán en esos cambios y no solo en esa zona del planeta, se encuentra el referido a la obtención de combustibles a partir de elementos hasta ahora usados en el consumo humano o animal, ante todo, dada la vastedad de esas siembras y el que ya están virtualmente transnacionalizadas, pero también va a intervenir la resultante de la batalla entre aquellos empeñados en imponer los transgénicos como arreglo al problema alimentario y sus oponentes.

La existencia de unos 856 millones de personas con hambre en la actualidad, obliga a reflexionar sobre algo que, a semejanza de la legendaria Gorgona, tiene varias cabezas.
En Sélingué, una aldea situada a 140 km de Bamako, capital de Mali, país del noroeste de África, se discutió con amplitud y realismo sobre estos temas durante el Foro Mundial para la soberanía alimentaria. En los debates quedó evidenciado que la falta de comida se registra en los núcleos urbanos pobres, y hasta en los propios medios campesinos, pese a que cierta lógica permitía suponer que quien habita en el campo disponga de un mínimo para autoconsumo.

Las sequías y la falta de insumos, llevan al éxodo de campesinos a quienes no solo golpean los elementos, sino los tratados comerciales como los que existen entre México y EE. UU. que arruinaron el campo azteca, o las deformaciones y el dumping comercial que acarrea la subvención de producciones y exportaciones. Quienes ejecutan esas políticas no tienen en cuenta que más de 16 000 niños mueren de hambre cada día.
Entre los criterios vertidos en Mali, está el que especifica la lucha a librar contra los monocultivos y el modelo neoliberal, que expulsa a los campesinos y destruye el medio ambiente. Y si bien el asunto tiene muchas otras vertientes aparte de las nombradas, dirigir el dedo acusador hacia la variable económica que más favorece la depredación del hombre y su entorno, no es nada desatinado, pues la inequidad es el peor disolvente que borra todos los caminos de salida.

Los grandes agroexportadores, favorecidos por un individuito como George W. Bush, tienen las llaves y una es la de los biocombustibles aunque ello signifique cambiar solo de forma el dilema y dejar iguales o peores las consecuencias y sus desenlaces.

 

 

 


 

 

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