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26 de julio: respuesta y alcance.

CUBA, 28 de julio de 2011.- Los acontecimientos históricos no resultan elementos espontáneos o marcados por fuerzas divinas.
Por el contrario, al igual que las propias acciones y actitudes de cada
persona, obedecen a causas y factores a los cuales se les deben respuestas.
   Así, los episodios que marcaron el surgimiento del Día de la Rebeldía
Nacional en nuestro país, los asaltos por el líder revolucionario Fidel
Castro y sus seguidores a los cuarteles Guillermón Moncada, de Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, el 26 de julio de 1953, no se apartan de ese derrotero.
Para la Cuba de aquella época, cargada de urgencias populares y sometida, junto al dominio externo, a la jauría de depredadores locales, instrumentos precisamente de aquel poder supranacional, los caminos y soluciones institucionales ya no valían.
De hecho, el golpe de estado de Fulgencio Batista en marzo de 1952,
resultó el tiro de gracia a la búsqueda de caminos pretendidamente legales para colocar al país en la ruta de la democracia y el bienestar reales.
   De manera que los ataques revolucionarios a las fortalezas militares de
la dictadura en el oriente de la Isla devinieron único camino posible para
los cubanos, en las condiciones concretas del país, de intentar el inicio de transformaciones justas.
No fue tarea fácil en ningún sentido, porque los jóvenes empeñados en
aquel episodio solo contaban con su  esfuerzo y sus propias vidas.
   Por demás, se impuso romper el mito, martillado tantas veces en la
conciencia de los ciudadanos, que ni contra el ejército ni contra Washington vencería ninguna revuelta o intento de cambiar las cosas.
   Sin embargo, el 26 de julio aquellos muros mentales iban a saltar en
pedazos, y la solución armada, única vía en nuestro contexto nacional, se
impondría como senda al futuro.
Los asaltos a los cuarteles Guillermón Moncada y Carlos Manuel de
Céspedes transcendieron, además, a la realidad latinoamericana. De hecho se constituyeron en la adelantada respuesta popular a la política imperialista basada en la imposición violenta de sus designios a nuestra región.
   No puede pasarse por alto que entonces se enseñoreaban en el hemisferio dictadores como los Somoza, en Nicaragua; Batista, en Cuba; o Trujillo, en República Dominicana, junto a  otros regímenes oligárquicos, militaristas y pro-imperiales en América del Sur.
Así, la acción liderada por Fidel Castro devino asalto también al dominio
de Washington sobre nuestros pueblos, acción que no pasaría sin resonancia en el desarrollo de la región que justo hoy, en medio de profundos cambios, celebra como suyo aquel hito histórico.
(Cubaminrex- AIN)

 

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