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Afrodescendientes: Guanabacoa viajó a Madrid.

Por Marcos Alfonso

CUBA, 7 de junio de 2011.- A esta hora, aproximadamente, la sala Guayasamín de la Casa América de Madrid expone tres decenas de fotografías del artista del lente Roberto Chile, en su nueva faceta como fotógrafo. Tema: la afrodescendencia en Cuba.

Esta muestra ve la luz gracias a Gabriel Navarrete, presidente de Cultura y Cooperación Internacional del municipio madrileño de Getafe -hermanado con Guanabacoa-, el propio artista y cuenta con la curadoría del español Carlos Moya.

Quisieron los ánimos, y en algo el azar, rastrear las arterias de Guanabacoa, villa que, con la desaparición de los aborígenes, fue colmada de negros esclavos por los colonialistas de la llamada Madre Patria.

Crisol humano. Alquimia de claros-oscuros y toda su gama de matices. Tal es la tierra Guanabacoa, y de su singular pueblo. Fundado como pueblo el 12 de junio de 1554 por el Cabildo Habanero y, casi dos siglos después, designado oficialmente como Villa de la Asunción de Guabanacoa. Este pedazo de La Habana es, por derecho propio, tierra de afrodescendientes.

Tuve el privilegio de acompañar a Roberto Chile en la expedición iniciada a principios de año: alegría, audacia, fervor, pasión, añoranzas, futuro, musicalidad, pertenencia. las fotos devienen viaje imaginario al paraíso terrenal, llevados por el visor de este artista de vasta obra documental ahora devenido audaz fotógrafo.

El sabio cubano Don Fernando Ortiz sentenció con razón: "Se ha dicho repetidamente que Cuba es un crisol de elementos humanos (.) Hagamos mejor un símil cubano, un cubanismo metafórico, y nos entenderemos mejor, más pronto y con más detalles: Cuba es un ajiaco". La llamada también Villa de Pepe Antonio, lo es.

Se podría argüir: ¿y qué es un ajiaco? Guiso típico de los indios Taínos, al cual los castellanos añadieron novedosos ingredientes venidos allende el
Atlántico; enriquecido luego con la técnica cocinera y los manjares africanos; saborizado por misteriosas especies orientales; amortiguado en el tiempo por la causticidad de los franceses y rematado por la simplificación de la cocina anglosajona. Tal guiso, es Cuba. Pero no hecho del todo, sino, al decir de Ortiz: "en constante cocedura".

La muestra de Roberto Chile, nacida de lo hondo de su corazón más que de su ojo avizor, así lo refleja. Cuba es de los pueblos más mezclados; mestizo de todas las progenitoras, y Guabanabacoa ocupa sitial destacado en esa mixtura.

Sobresalen entre las imágenes de los afrodescendientes la del nonagenario sacerdote en las religiones cubanas de origen africano, Enriquito Hernández. O la del cantante de rumba Miguel Ángel (Aspirina). De hombres de barrio como Gilberto; también obreros, rostros de vida y futuro. al final, prevalece el refranero: "¡Quien no tiene de congo, tiene de carabalí!"

Siempre inconforme, Chile buscó en lo recóndito del individuo ese halo reflejado en cada gesto, mirada, sonrisa, andar, en solitarias manos capaces de expresar la marcha de la vida o la profecía del mañana. Es cubanía sintetizada en imágenes.

Al artista nunca lo abandonó su espíritu quijotesco, que se torna razón de ser en el misterioso arte de convertir en palabras un rostro, la mirada furtiva o penetrante, la sonrisa resplandeciente o la picardía.

Autenticidad y desenfado, aparecen como telón de fondo en la diáspora forzosa de aquellos primeros hombres que, con su fardo de sueños, misterios y costumbres, fueron impostados a estas tierras y perviven, afincados en sus raíces, desde generaciones sucesivas.

Ese amalgamiento no escapa al artista: la transculturación, desde metafísicos símbolos, aparece como reflejo del sincretismo de nacionalidades
y de la importación de hábitos, costumbres, religiones y añoranzas.

Vistos desde otro prisma, los afrodescendientes atrapados por el lente de Chile ponen de relieve la ética de los hombres y mujeres que en su época supieron sobreponerse a la discriminación y los prejuicios, los atropellos y el dolor, y se insertaron en la sociedad que les tocó vivir sin la sutil esperanza del regreso.

Al desempolvar a los ancestros, nuestros también, es como si el artista ofreciera los condimentos de la existencia y arrimara a lo cotidiano historias y claves de remotos enigmas. El tiempo, eterno mutante, parece detenerse para luego continuar su marcha impenitente. Es divino regalo desde las cosas sencillas, cotidianas, tejidas desde el interior de la óptica rigurosa del orfebre. (Cubaminrex- AIN)


 

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