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Con las Venas Abiertas

Luis Toledo Sande

Lo que primordialmente está sobre el tapete en estos días no son disquisiciones teóricas. Lo que está "en juego" es la posibilidad de que se desencadene sobre Cuba una agresión tan brutal como ejemplar ha sido la actitud de este país en su enfrentamiento al imperio. Sin embargo, no parece que eso sea lo que más preocupe a algunos de los criticadores aludidos. La Habana

Va para cuarenta y cinco años que Cuba, más que amenazada, está criminalmente bloqueada y hostilizada, o agredida, por un país poderosísimo: los Estados Unidos, que muy temprano dejaron ver su propósito de adueñarse de ella, y durante seis décadas la sojuzgaron como protectorado o república neocolonial. Para convertirse en Estado delincuente esa nación no necesitó masacrar a Iraq: viene ratificándose en la delincuencia desde que se formó aniquilando a los pobladores originarios de su territorio, viviendo del trabajo esclavo, fomentando un violento racismo y saqueando e invadiendo a pueblos vecinos.
A lo largo de una trayectoria con hitos palmarios, entre otros, en 1898 y en 1961, y en el terrorismo y el bloqueo anteriores y posteriores al capítulo de Playa Girón, Cuba ha sido víctima de esa actitud. Su experiencia se inscribe en la de toda nuestra América, agredida por el expansionismo estadounidense desde el cercenamiento de México hasta nuestros días. Y ello sin que los organismos regionales ni -cuando los ha habido- los mundiales, también generalmente dominados por el agresor, lo hayan condenado: si es que acaso han discutido sus actos. A nuestros pueblos, pues, no los habrá tomado por sorpresa la etapa reciente de crímenes del imperio, iniciada en Yugoslavia, continuada en Iraq y en camino de extenderse quién sabe hasta dónde y hasta cuándo.
Quien no opte por ser tonto o poco honrado, no podrá situar sino en ese contexto la resistencia de Cuba, pequeño país que no por resistir estará autorizado a cometer reales o presuntos errores, pero al cual no se le debe exigir que actúe como si viviese en condiciones de normalidad. Sólo quizás cuando la Crisis de Octubre las amenazas del imperio contra Cuba pudieron sentirse tan a punto de consumarse como en estos tiempos. Nunca habían sido mayores que ahora el poderío y la desfachatez del gobierno de los Estados Unidos. Materialmente desarmada, aunque se yergue digna y formidable, y esperanzadora, la opinión pública internacional no basta para detenerlo.
En ese contexto el imperio refuerza sus acciones y amenazas, y maniobras de todo tipo encaminadas a justificar -si bien ha evidenciado que ni eso necesita cuando decide acometer sus planes- una agresión genocida contra Cuba. Y precisamente ahora algunas voces amigas se han apresurado a criticar en la prensa decisiones del gobierno cubano: magnífica noticia, ¿quién lo dudará?, para un imperio agresivo al cual no hay que ayudar a fabricar pretextos, porque -viniendo de donde viene- nació experto en inventarlos.

Resulta impertinente creer que en el seno de la familia las críticas son innecesarias: más bien es dentro de ella donde mayor efectividad pueden tener. Ni es recomendable aferrarse a posiciones según las cuales nunca es el momento de discutir los errores -o lo que se crea que lo son-, y que la discusión debe posponerse para circunstancias favorables, que acaso nunca lleguen, y contra cuyo logro acabaría actuando también la carencia de debate
No hay que poner en duda la honradez de quienes puedan pensar que sus críticas públicas al hermano -aunque hechas en el momento y en los modos menos propicios- sirven de paso para dar credibilidad a la defensa pública que han hecho de él. Para ingenuidades siempre habrá tiempo, y nadie suponga que el imperio le va a prestar alguna atención a esa defensa. Dispone de la inmensa mayoría de los medios para tergiversarlo todo.

No se trata de negarles la sal y el agua a las críticas que nos hagan los hermanos, ni de aspirar a que nunca nos las hagan. No solamente la hecha por los hermanos puede ser productiva. Un gran escritor español advirtió que el Diablo no tiene la razón, pero puede tener razones, que hay que oírle, no por cierto para bien del Diablo. Cabría añadir: no sólo oírlas, sino aprovecharlas de veras y con todas la sabiduría y la humildad que vengan al caso, y sabiendo que uno puede estar errado. También quien critica.

Lo que primordialmente está sobre el tapete en estos días no son disquisiciones teóricas, por muy útiles que ellas sean. Lo que está "en juego" es la posibilidad de que se desencadene sobre Cuba una agresión tan brutal como ejemplar ha sido la actitud de este país en su enfrentamiento al imperio. Sin embargo, no parece que eso sea lo que más preocupe a algunos de los criticadores aludidos.
No cabe ignorar que los intentos de construcción del socialismo han padecido errores, y los han pagado muy caro. Pero para el afán socialista, en general, más costoso que las fallas cometidas en su defensa será siempre el error de no defenderse. Por lo demás, si ni siquiera en lo más creativo las obras humanas se distinguen por ser perfectas e indiscutibles, ¿cómo podría serlo la pena de muerte? No alcanzo a imaginar que alguien en sus cabales de racionalidad y sentimientos simpatice con ella. Para el actual presidente de los Estados Unidos la pena de muerte sí se presenta como vocación: la misma vocación monstruosa con que desató una guerra injusta, ilegal y genocida, y anuncia extenderla contra otros pueblos.

No es con una vocación semejante con la que hay que identificar a las dolorosas medidas que pueda verse en la necesidad de tomar el gobierno de un pequeño país amenazado por aquellos asesinos, por una potencia cuyos cabecillas esgrimirían -para justificar sus planes- los secuestros de naves aéreas y marítimas robadas para desviarlas a los Estados Unidos. Esa agresiva potencia estimula tales secuestros, e intenta presentar a sus actores no como a los delincuentes y terroristas que son, sino como a presuntos disidentes: angelitos que huyen del Infierno para irse a un Paraíso que es capaz de martirizar al mundo. Según las reglas de ese juego sucio, serían voceros de los reclamos de liberación de un pueblo al cual el imperio tendría que salvar: como ha salvado al pueblo iraquí, ¿no?

La misma potencia intenta crear dentro de Cuba supuestas asociaciones de profesionales para que apoyen campañas de propaganda hacia el exterior y, llegado el momento, clamen por la salvadora intervención de los Estados Unidos. Pero, desde el comienzo, sus vínculos con la Oficina de Intereses de ese país en La Habana, incluido el estipendio en dólares que aquella les ha suministrado, confirmó el carácter de los apátridas agrupados en esas asociaciones: conspiradores dependientes del amo imperialista, profesionalizados en servirle.

Sería absurdo suponer que los medios desinformativos del imperio no son suficientemente poderosos para orquestar campañas que -todavía a estas alturas, cuando ya no debía ocurrir- confundan incluso a personas honradas. Ocasionalmente confundirán aun a defensores de las revoluciones, sobre todo si estos no viven dentro de ellas y no comparten in situ con el pueblo protagonista las vicisitudes, las maravillas, las penurias, las heroicidades y hasta los errores.

En otros países algunas personas amigas dan por sentado -ojalá sean sabias y su previsión infalible- que Cuba nunca será agredida, y que debemos desentendernos de tensión semejante. Seguramente sus hijos nunca han sentido la necesidad de decir lo que la otra noche le oí a una de mis hijas a propósito de una burda bravuconada del Embajador de los Estados Unidos en República Dominicana, país que de sobra conoce lo que es ser invadido por el monstruo del Norte, y cómo este alimenta a tiranos. Al oír aquella bravuconada -que puede resumirse más o menos así: después de Iraq, Cuba-, mi hija comentó: "¡Déjenme terminar mi carrera!" En sus palabras no se percibió miedo, sino hasta humor; pero un humor que no eliminó la sombra de una terrible posibilidad.

Desde el título de estas líneas se habrá notado que, en parte, ellas aluden a un artículo de Eduardo Galeano. Pero a él es justo reconocerle que no le ha dado por decir cosas como que ya el suyo no es el camino de Cuba, o que Cuba -en castigo por haberse, según él, equivocado- se ha quedado sin su compañía. Eso habría sido, cuando menos, una manera de apreciar, él mismo, el valor de su compañía (no hay por qué dudar que valga mucho). Pero tal actitud podría parar, sobre todo, en renunciar al camino de firme lealtad que demandan las venas abiertas de la América Latina y de otros pueblos del mundo. Sería ingrato esperar algo así de Galeano, y de algún otro amigo de la Revolución Cubana a quien la irritación o el exabrupto, acaso tanto como la complacencia con el criterio propio, hayan llevado incluso más lejos.

Para que se les reconozca como "imparciales", habrá quienes intenten poner en la misma balanza al gobierno cubano -responsabilizado con la tarea de defender y salvar a su país- y al gobierno fascista del imperio, ensoberbecido en su monstruoso afán genocida. No hay que descartar que alguien, si Cuba fuera masacrada, materialmente borrada del mapa -fuerza material tiene el imperio-, sentiría llegado el momento de ladear la cabeza, adoptar mirada sabia y profunda y, agitando el índice infalible, decir: "¡Yo se lo advertí, yo se lo advertí!" A quien sea capaz de asumir tal actitud le convendrá ir "mejorando" su currículum desde ahora.

Otros, por el contrario, pudieran acabar lamentándose, máxime quienes de veras han tenido a Cuba en su corazón. Sufrirán al ver cómo el mismo imperio que -salvo para ignorarlas, combatirlas o neutralizarlas: recursos, ardides incluidos, tiene para eso- ningún caso les hizo cuando defendieron a Cuba, y entre los pretextos para desatar la barbarie contra este pequeño país esgrimiría las lecciones que, con voluntad de sabiduría impecable, han querido o creído darle en determinados momentos cruciales. Es decir, cuando más valiosa le hubiera sido la solidaridad, que, por cierto, no le ha faltado ni le faltará de incontables amigas y amigos en todo el mundo.

 

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