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Cuba y la pena de muerte

José Steinsleger | México

La pena de muerte es un anacronismo de la historia. Desde el siglo XVIII cuando menos, el derecho moderno sostiene que la pena de muerte no está autorizada en derecho alguno (Cesare Beccaria, De los castigos y las penas, 1764). Criterio de una ética rectora progresivamente adoptada por la casi totalidad de los cuerpos jurídicos de Occidente, con excepción de 38 entidades federativas de Estados Unidos, de Guatemala y de Cuba.

Sin embargo, el debate acerca de la pena de muerte tiende a recalentarse cuando el clarín de la guerra taladra el oído de los pueblos. Las guerras encienden una dinámica social tan impredecible, subjetiva y compleja, que los estados involucrados recurren a leyes de excepción en aras de su legítima defensa.

Claro que con igual pretexto, los estados también practican la llamada guerra "contrainsurgente", modalidad represiva y clasista de la guerra que muchos gobiernos de América Latina en particular, descargan sobre sus propios pueblos haciendo que estos invoquen a su vez el derecho a la rebelión, cosa contemplada en las constituciones nacionales.

La guerra abierta o encubierta de Estados Unidos contra Cuba nos obliga a preguntarnos si alguna vez existieron situaciones de guerra en que el país agredido haya ofrecido tribuna y legitimidad a grupos nacionales que pactan con el enemigo. En este sentido, Estados Unidos tiene sus leyes de guerra, tales como el Acta de Comercio con el enemigo y Cuba las suyas. Ah... y Guatemala. ¿Pero a qué medios de la prensa "libre", a qué gran foro de Naciones Unidas le importa el genocidio crónico del pueblo chapín?

¿La pena de muerte incluye excepciones? Dijimos que no. Mas si de lo que se trata es de insistir en el debate "ético" y "moral" del asunto, sería aconsejable preguntar a los 3 millones de cuentacorrentistas argentinos qué castigo escogerían ellos para los banqueros que en diciembre de 2001 saquearon sus ahorros de toda la vida: ¿despellejamiento con sal y vinagre? ¿Cercenamiento de los testículos con una hojita de rasurar oxidada? ¿Obligarlos a traducir al kurdo los discursos completos de Carlos Menem?

Por sus alcances totalitarios, no hay pena de muerte más injusta que la guerra de rapiña de los grandes contra los pequeños, el bombardeo inmisericorde de ciudades abiertas, el arrasamiento de culturas y pueblos enteros y la pusilánime cobardía "consensuada" de los gobiernos que se niegan, en nuestros días, a denunciar el espíritu y la voluntad de exterminio de Estados Unidos e Israel, enemigos de la humanidad.

En sociedades relativamente estables, la pena capital es indefendible y cualquier leguleyada que la justifique debe ser combatida. ¿Se equivocó entonces la justicia cubana al fusilar a tres terroristas, a más de condenar a un grupo de ciudadanos que algunos escritores de ilusiones con vista corta y desilusiones de orejas largas nos quieren presentar cínicamente como humildes y desesperados balseros, disidentes y autoexiliados?

Sí y no. Sí, porque la solidaridad con Cuba no es cosa fácil. Fuera de la claque acrítica que dentro y fuera de la Isla aplaude y acepta cualquier cosa que diga Fidel, estas ejecuciones llevan a un debate bizantino cuando lo urgente es impedir la pena de muerte que Washington le declaró a la Revolución cubana hace 45 años. Y no, porque la guerra imperialista contra Cuba no pudo impedir que, en términos comparativos, este país lograse convertirse en el guardián más celoso de los derechos humanos en el mundo.

¿Y los disidentes? Bueno... ¿Pero quiénes? Algunos quieren perfeccionar el socialismo y discutir los problemas propios del socialismo. Otros buscan acabar con la Revolución y convertir a Cuba en un enclave neocolonial como Puerto Rico y las naciones de América Central.

La Revolución cubana es un bloque monolítico y sin fisuras contra el imperialismo yanqui. Mas no un bloque sin contradicciones que carezcan de cauce y espacio para discutir qué carajos es el socialismo. En este sentido, puede que la vigencia de la revolución obedezca a que el primer disidente y líder indiscutido de la oposición de izquierda en Cuba se llame Fidel Castro.

¿Tendrían las grandes conquistas de Cuba mejor resolución con un sistema plural de partidos políticos? Nada y nadie puede afirmarlo o negarlo. No obstante, la experiencia histórica indica que así como el imperialismo y la derecha liberal-conservadora-cristiana es enemiga acérrima de las conquistas sociales de los pueblos, la socialdemocracia se ha especializado en sepultarlas con vaselina.

La segunda Internacional se derrotó a sí misma, la tercera hizo lo propio y la cuarta se dividió en cuatro. Lo que tenían de socialismo no fue derrotado por el fascismo. Transformado en parlamentarismo y legalismo burgués murieron sin combatir y de su descomposición nacieron el fascismo, el estalinismo y George W. Bush, como la fiebre nace del pantano.

En cuanto a los amargados que aseguran haber noviado con la libertad y casaron con la servidumbre, conviene ser indulgentes, pues de eso viven: de enterrar los espejos que reflejan el vómito negro de una decrepitud ideológica irreversible.

Podéis llamaros como gustéis: Sultano, Perico, Zutano, Palotes. Quisiera alguna vez entrevistar tan solo a uno de estos defensores de la ética y la moral de tejas arriba, para recordarles, a mis 55 años, que en la sociedad de clases la ética y la moral son los mejores polizontes de la gendarmería.
(Tomado de La Jiribilla)


 

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