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¿De qué derechos humanos hablamos?

Lisandro Otero*

Quienes hemos cumplido ya algunos años conservamos en nuestra memoria los tiempos en que cada mañana aparecían en las calles de La Habana numerosos jóvenes asesinados, con marcas de haber sufrido la calcinación de su piel, la extracción de sus uñas o la amputación de su lengua. Eran las señales de la tortura que habían padecido a manos de verdugos como Esteban Ventura Novo, Conrado Carratalá o José María Salas Cañizares. Todo eso desapareció con el triunfo de la Revolución de enero de 1959 y jamás ha vuelto a aparecer.

Lo que sí surgió, desde entonces, fueron millares de escuelas, centenares de hospitales, decenas de universidades y editoriales, libros, medicamentos y campos deportivos. Desaparecieron las enfermedades endémicas, el analfabetismo y la miseria extrema. Cuba es hoy un país modesto, donde no pueden hallarse los productos de lujo de la sociedad de consumo pero donde el espacio para una vida digna y decorosa puede hallarlo todo aquel que desee vivir con honestidad y decencia.

Fidel Castro halló una resistencia tenaz de parte de sucesivos gobiernos de Estados Unidos que no admitieron jamás que un país latinoamericano hubiese decidido vivir con autonomía de sus edictos imperiales. No podían permitir que una oveja se hubiese descarriado del redil convirtiéndose en un toro bravío. No era saludable para los amos todopoderosos el ejemplo moral que esa actitud estaba ofreciendo a las demás mansos y disciplinados borregos. A partir de ese momento se organizaron incontables planes de asesinatos, terrorismo, sabotaje, bloqueo económico, aislamiento diplomático, incomunicación política y separación de las comunidades internacionales.

Cuba no tuvo otro remedio que acudir a amigos, igualmente poderosos, que le proporcionaran los instrumentos para su protección, y a la vez implementar disposiciones de rigurosa severidad para sobrevivir. Como parte de esas maniobras para causar estrago, devastación y ruina en el pequeño país se organizó una invasión en gran escala que fue derrotada en Playa Girón. También parte de ese tinglado de quebrantos han sido las acusaciones periódicas en la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra tendientes a desacreditar a la Isla y sentarla en el banquillo de los acusados.

Este año, una vez más, Cuba ha sido víctima de esa reiterada manipulación. Solo que esta vez coincidió con el fusilamiento de tres secuestradores de una lancha de transporte de pasajeros. Esto ha creado un revuelo internacional que, en parte, comprendo. Respeto a aquellos que por problemas de convicción moral no aceptan la pena de muerte. Pero no entiendo a quienes no admiten una dura sanción contra truhanes del hampa que pusieron en peligro la vida de decenas de personas con procedimientos de vivaz virulencia.

Tampoco entiendo que Cuba sea acusada ante un tribunal que jamás juzgó a Augusto Pinochet, ni a Videla, Somoza, Batista, Trujillo, Stroessner o Pérez Jiménez. Tampoco han enjuiciado a John Negroponte ni a Otto Reich, causantes de la muerte de miles de latinoamericanos con sus viles maquinaciones organizando a la contrarrevolución en Centroamérica. La razón es que todos esos verdaderos dictadores, operadores, intrigantes y hampones de estado han sido aliados de las confabulaciones y felonías de los gobiernos de Estados Unidos con el fin de mantener en sujeción económica y política a su traspatio latinoamericano.

También resulta indignante que esta conjura sea urdida contra un pequeño país en el mismo momento en que un grupo de agentes de las grandes corporaciones transnacionales, atrincherados en la Casa Blanca, acaban de desatar la más injusta, ilegal e injustificable operación de rapiña contra el petróleo del Medio Oriente. Un nuevo Tribunal de Nuremberg sería necesario para juzgar a Bush, Cheney, Rumsfeld y Condoleezza y no a la mínima e indefensa Cuba.

Tampoco entiendo por qué no se están implementando ya los tribunales para juzgar al general Thomas Franks como criminal de guerra tras el genocidio del pueblo iraquí, el asesinato deliberado de periodistas independientes en el Hotel Palestina, la masacre de los chiítas en Mosul, la destrucción del patrimonio cultural de la humanidad en Bagdad y tantos otros actos de barbarie y salvajismo cometidos por las tropas norteamericanas.

¿Por qué tanto rigor para los pequeños y tanta indulgencia para los poderosos? ¿De qué derechos humanos estamos hablando?

* Premio Nacional de Literatura

 


 

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