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Iraq, Cuba y las "lecciones" de Bush

MIGUEL ÁNGEL FERRARI

Que el Gobierno de la República de Cuba, haya ratificado las condenas a la pena capital de tres terroristas que pretendieron desviar una lancha hacia los Estados Unidos, precisamente un mes antes de la realización de la tradicional votación sobre el respeto a los derechos humanos en la Isla, que todos los años se realiza en Ginebra, Suiza, en la Comisión de las Naciones Unidas que entiende de este tema; y que -al mismo tiempo- haya apurado los juicios de donde surgieron severas penas hacia los llamados "disidentes", podría ser interpretado de dos formas: una grave impericia del Gobierno de La Habana o la percepción por parte de este del recrudecimiento de la campaña intervencionista de Washington en detrimento de la soberanía nacional cubana.

Si advertimos que el emperador del mundo, George W. Bush, una vez ocupado Iraq comienza a dirigir su mirada hacia Siria, esgrimiendo los mismos falaces argumentos sobre la existencia de armas de destrucción masiva, con los que prefabricó las excusas para devastar a Iraq, matar salvajemente a su población civil, ocuparlo para abrir el cauce a los negocios de los amigos del Pentágono y "estabilizarlo económicamente" con la pronta presencia del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; comprenderemos que la actitud del Gobierno presidido por Fidel Castro no se halla incursa -como la historia de este proceso revolucionario lo hace suponer- en una actitud de impericia o torpeza.

Si a ello le agregamos que el embajador estadounidense en la República Dominicana, Hans Hertell, manifestó abiertamente que la intervención en Iraq "va a mandar una señal muy positiva y es muy bueno el ejemplo para Cuba", al tiempo que agregó que las acciones en el país árabe eran solo el comienzo de "una cruzada libertadora que abarcaría a todos los países del mundo, incluido Cuba", advertiremos que se está en presencia de un evidente peligro intervencionista, que significaría un salto cualitativo respecto de las infinitas acciones llevadas a cabo por Washington durante estos últimos cuarenta y cuatro años, que ha tenido al ilegal bloqueo como eje central.

Si, además, tenemos presente que hay más de una decena de funcionarios de alto rango en el Gobierno de Bush, de origen cubano y con antecedentes terroristas o que brindaron protección a terroristas, como es el caso del ex subsecretario para asuntos hemisféricos, ahora -sin confirmación parlamentaria- asesor gubernamental, Otto Juan Reich, nos resultará más fácil entender la especial atención que esta administración norteamericana está centrando en la República de Cuba.

Es evidente que esta política represiva en Cuba no es del agrado de nadie. No lo es para el pueblo de Cuba, ni para el propio Gobierno de la Isla. No lo es para quienes luchamos por ampliar las condiciones democráticas en cada uno de nuestros países. No lo es para todos aquellos que nos oponemos a la aplicación de la pena de muerte. No lo es para quienes hemos condenado una y mil veces a uno de sus principales defensores, el presidente Bush, quien carga sobre sus espaldas centenares de ejecuciones en su estado de Texas.

Pero también es necesario decir que el Gobierno de los Estados Unidos y todos aquellos que en estos momentos -desde una postura reaccionaria- se rasgan las vestiduras, acusando a Cuba por estas durísimas sentencias, no tienen autoridad moral para realizar tales acusaciones. Quienes han respaldado el genocidio realizado por la dictadura argentina y las dictaduras latinoamericanas, todas ellas respaldadas por Washington, donde las muertes estaban precedidas de desapariciones, porque lo poco que quedaba de sus conciencias les impedía hacerlo a la luz pública, no pueden abrir la boca frente a esta situación.

También es necesario decir -como lo hicimos en HIPÓTESIS el 2 de marzo del año pasado- que "desde la caída de la dictadura de Batista nunca se produjeron asesinatos políticos de opositores a la Revolución cubana, torturas o desapariciones de ciudadanos, como una forma de represión. Muy lejos está la sociedad cubana de aceptar prácticas aberrantes como esas". Resulta curioso comparar lo inadmisible que resultaría una represión de esa naturaleza en Cuba y lo "normal" que resulta en los demás países de Latinoamérica, aún en democracia.

¿Se imaginan la repercusión mundial del asesinato de dos "disidentes" cubanos en un "puente Pueyrredón"¹ de la Ciudad de La Habana? ¿Se imaginan 30 000 desapariciones sin castigo en Cuba? ¿Al Gobierno de Fidel Castro indultando a genocidas, como lo hizo en nuestro país el ex presidente Menem?

En consecuencia, los Menem; los neoliberales que invitan a dar conferencias sobre economía al ex ministro de la dictadura genocida chilena, Hernán Büchi; los Brinzoni² que despiden con honores póstumos al asesino Galtieri³ ; no pueden abrir la boca para referirse a Cuba sin quedar expuestos a la condena pública por su cinismo.

Solo quienes, compartiendo o no los principios y la práctica de la Revolución cubana, han tenido una transparente actitud democrática, totalmente desvinculada de infinitas experiencias totalitarias, fascistas o mafiosas, disponen de autoridad moral para coincidir o discrepar con las condenas impuestas en Cuba a quienes han practicado el terrorismo o están supuesta o realmente incursos en actos de sedición.

Desde lo más recóndito de la historia, la humanidad estuvo signada por la puja entre los que se beneficiaron del trabajo ajeno y los que aportaban su trabajo. Aún en los tiempos de paz la violencia estuvo siempre presente. Se trataba y se trata de aceptar la injusticia o de rebelarse en su contra. Si se acepta la injusticia, la violencia es tácita, las consecuencias se pueden medir en enfermedades sociales, en desnutrición, en condiciones de vida infrahumanas. Cuando la injusticia no es aceptada, la violencia es explícita: tortura, represión, muerte.

La Revolución cubana, por primera vez en América enfrentó con éxito la injusticia que encierra el usufructo de trabajo ajeno y todas sus consecuencias. Esta situación no pudo ser aceptada por el poder imperial y por las clases dominantes de nuestros países, especialmente por lo que ello significaba para los pueblos de todo el continente. De lo que se trataba era de eliminar el "mal ejemplo". En la época en que todavía los poderosos actuaban con hipocresía, estos no creían conveniente reivindicar la explotación de los trabajadores como uno de los principales valores de su estilo de vida. Fue por entonces -y hasta hace muy poco tiempo- que esgrimían las banderas de la democracia representativa para acusar al modelo cubano de totalitario. Ahora, con el estandarte del cinismo puro y simple, el cinismo propio del nazifascismo, amenazan con los misiles Crucero y con las bombas "inteligentes" para amedrentar a un pueblo digno, como el cubano, para hacer abortar una experiencia, con todas sus virtudes y con todos sus defectos, que ha demostrado a América Latina y al mundo que no es necesario apelar al darwinismo social del neoliberalismo para que una sociedad funcione, como nos pretendieron hacer creer todos los gobiernos militares o civiles en la Argentina, desde Martínez de Hoy para acá.

El crimen de Iraq, la burda parodia de democracia que ensayarán una vez que hayan limpiado de sangre los escombros de Bagdad, de Basora, de Mosul, podrá darles a los gobernantes de los Estados Unidos y -todavía- a una porción importante de sus ciudadanos que los apoyan, la autoridad basada en el terror, respaldada por una tecnología para la muerte que no alcanzamos a imaginar. Pero para ganar la paz, no para imponerla al estilo de la Pax Romana, es imprescindible actuar, por lo menos, con los valores universales alcanzados por la humanidad. Y, estos valores implican la aceptación del derecho como única forma de convivencia civilizada, tanto a niveles nacionales como internacionales; el reconocimiento de que solo la justicia puede sostener una paz duradera; el profundo respeto por la soberanía nacional de cada uno de los países, que en Occidente tiene precedentes desde la finalización de la guerra de los Treinta Años, en 1648; el respeto a los tratados y acuerdos internacionales y -muy especialmente- la democratización de la Organización de las Naciones Unidas, que vendría a ser algo así como su resurrección, luego de ser asesinada por los gobiernos de Washington y Londres.

Sin amenazas, sin asedio militar, sin terrorismo financiado desde Miami, sin bloqueo económico al margen del derecho internacional, habrá autoridad para juzgar a Cuba por sus reales o supuestas violaciones a los derechos humanos. En tanto que la imposición a Cuba de una lógica de guerra, es el peor camino para defender estos inalienables derechos.

Frente al colonialismo español, nuestro Fray Luis Beltrán dirigió la fabricación de las espadas más filosas de América del Sur, que no estaban destinadas -precisamente- a los museos. Supongo que un buen cristiano, no se lo imaginará a nuestro héroe de la independencia en el infierno, por ser el responsable de tales artesanías.

Notas:

¹El puente "Pueyrredón" une la ciudad de Buenos Aires con la provincia Buenos Aires. Allí, el 26 de junio de 2002, en medio de una feroz represión policial, de gendarmería y de prefectura marítima contra los piqueteros, fueron asesinados por las fuerzas represivas los jóvenes manifestantes Darío Santillán y Maximiliano Kostecki.

²General de División Ricardo Brinzoni, actual Comandante en Jefe del Ejército Argentino.

³Leopoldo Fotunato Galtieri, militar, dictador argentino, condenado por numerosos crímenes e indultado por el presidente Carlos S. Menem. Fallecido en enero de este año.

Comentario emitido en el programa radial "Hipótesis", LT8 Radio Rosario, República Argentina, el lunes 14/04/03. Publicado en el sitio www.hipotesisrosario.com.ar

Tomado de Granma, 23 de abril, 2003

 

 

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