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Lo que quería decir. Y no lo dije

Cuando me sorprendieron con la muy grata información de que la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) había decidido condecorarme con la medalla que lleva el nombre de Félix Elmuza, mentalmente tracé un esquema de lo que debía decir cuando me correspondiera hablar; pero, apenas si pude decir que estaba altamente emocionado, que mi adhesión a la revolución cubana viene desde “La Historia Me Absolverá”, que esa adhesión se debía en gran medida a que mis padres me crearon honesto y muy apegado a la verdad y que la revolución cubana había abierto un camino para que nuestros pueblos puedan llegar a la tan ansiada segunda independencia.

Es decir, me quedé corto en mi improvisación. Es que a los tipos como yo, que nos hemos acostumbrado, a través de décadas, a expresarnos por escrito, la oratoria nos resulta difícil. Verdad es que más de 30 años de cátedra universitaria me obligaron a hablar a mis alumnos pero ese era un discurso didáctico, explicativo, que poco tenía del discurso académico, de la oratoria, que debe ensayarse en un acto como el que me habían preparado: abanderados, cámaras de televisión y fotográficas, micrófonos radiales, periodistas tomando notas y un público de lo más selecto y amistoso, en el que destacaban viejos amigos de la UPEC, sus principales dirigentes y el Embajador del Ecuador en Cuba, el otrora dirigente estudiantil Universi Zambrano.

Quiero “completar” mi intervención
En esas circunstancias, me pasó lo que al joven que va a graduarse de bachiller ante un tribunal exigente; y, a pesar de haber estudiado y repasado textos y conceptos, el momento preciso se pone en blanco su memoria. Solo después, se lamenta por no haber dicho esto o aquello. Por ello, me valgo de este recurso para “completar” mi intervención.

Quería decirles que mi solidaridad con la Cuba revolucionaria no ha sido solamente ideológica sino que ha ido fundamentándose en casi medio siglo de existencia en hechos y acontecimientos reales; en una dirigencia muy capaz y muy limpia, como se da en las historias de nuestros pueblos, una vez cada cien años. Y en un pueblo batallador, con altísimo significado de dignidad y honor, que ha resistido todos los embates de una oposición tenaz, cínica e inescrupulosa; en especial el bárbaro y atroz bloqueo imperial que ya va a cumplir medio siglo de existencia. Quería decirles que de mis lecturas de resistencia, no había encontrado un caso medianamente similar o parecido en la historia de la humanidad.

Quería también decirles que jamás en nuestros pueblos se opacó o se deterioró la imagen de un país que había roto con el pasado y que formaba al nuevo ciudadano del mundo. No de otra manera puede interpretarse que Cuba haya podido garantizar a sus ciudadanos y ciudadanas salud integral, a toda hora y en cualquier edad, sin costo alguno: educación de primera, en todos los niveles, igualmente gratuita; ocupación plena aunque a muchos cubanos les moleste que ese salario no les alcanza para nada (en pesos duros se entiende) que en Cuba se haya respetado las creencias religiosas y muchas otras conquistas reales y efectivas. Las cifras que exhibe Cuba en estos sectores, comparándolas con las de nuestros países, pues no tienen punto de comparación ya que, por ejemplo, en consumo diario del mínimo de calorías diarias determinado por la Organización Mundial de la Salud, Cuba está, en promedio, un poco más arriba del mínimo vital mientras en el Ecuador, ese consumo está por debajo del mínimo establecido. La pequeña gran diferencia está en que mientras en Cuba, el promedio es real y abarca a todos los sectores sociales; en Ecuador, mezclan lo que consume un pudiente (que no llega al 10% de la población) mientras que las estadísticas son aún mucho más bajas para el 90% restante.

Aquello de la “conciencia revolucionaria”
Les quería decir –pero me puse en blanco- que a pesar de todo lo que ha hecho la reacción internacional (especialmente la mediática) Fidel y el pueblo cubano jamás fueron cuestionados por los pueblos latinoamericanos. Tampoco el Che ni Camilo Cienfuegos. La prueba fue que cuando el Comandante en Jefe comenzó a romper el bloqueo (1988) fue recibido con vítores entusiastas por nuestros pueblos. Y que Cuba representaba y representa la posibilidad cierta de una puerta abierta hacia la dignidad, hacia la nueva independencia, hacia el desarrollo. Y que es muy cierto aquello de que sin Fidel no se hubiera dado un Salvador Allende, no habría triunfado la revolución sandinista, no habría aparecido en nuestros escenarios esa figura nueva y decidida llamada Hugo Chávez; y que no habría sido posible la aparición de un Evo Morales y su contundente reelección, un Rafael Correa empeñado en hacer la “revolución ciudadana” y cuantos líderes que han aparecido en nuestra América Mestiza, tratando de imponer cambios y transformaciones en paz.

Quería también decir que, leyendo los propios textos publicados por la UPEC, había encontrado que los periodistas cubanos habían introducido en sus recientes deliberaciones aquello que el viejo marxismo decía que es uno de los privilegios de la izquierda mundial pero que no se lo practicó en los estamentos dirigenciales de la también vieja URSS. Es evidente que hay problemas en la nueva sociedad cubana y que esos problemas ya detectados por el Comandante en Jefe aún antes de caer enfermo y ratificadas en las conversaciones con Atilio Borón, pues están en la conciencia de los periodistas cubanos y que se aprestan a cuestionarlos y denunciarlos y a proponer soluciones, como debe ser. Es que Cuba ha pasado ya de la etapa revolucionaria para encarar la formación del nuevo individuo; un individuo (me refiero a hombres y mujeres) que a más de los beneficios de que goza a partir de 1959 demanda otras realidades, como la ha dicho repetidas veces el Presidente Raúl Castro.

Tampoco quería olvidar a esos cinco heroicos muchachos cubanos que, desafiando a esa mafia miamense, logró desarticular no pocos atentados terroristas contra su patria. Por ello purgan largas condenas totalmente injustas y arbitrarias lo que prueba una vez más que la justicia norteamericana, que se precia de ser tan equitativa e imparcial, responde también al sistema; y el sistema es el principal enemigo de la revolución cubana. Quería agregar que hace meses escribí un artículo sobre el tema y en él recordé que fue la misma justicia imperial la que sentenció a muerte y los ejecutó a los célebres anarquistas Sacco y Vincetti, acusándoles de un crimen que nunca cometieron. Desde luego, décadas después, la justicia imperial “se disculpó” por semejante crimen.

En fin, quería decir que para mi había sido una escuela permanente de aprendizaje y amistad el periodismo cubano, en sin fin de acciones, como aquella en la que fundamos en México la FELAP (Federación Latinoamericana de Periodistas) con el eterno Ernesto Vera, Genaro Carnero, Eleazar Díaz y otros tantos. Por ello y por mucho más, me sentía orgulloso de que Ernesto Vera fuera quien me dirigiera tan significativas palabras y que un Tubal Páez quien me impusiera la condecoración.

También quería decirle unas frases a Juan Marrero, ese compañero que había recogido en los meses previos al triunfo revolucionario (abril – mayo de 1958) la bandera del ecuatoriano Carlos Bastidas, el último periodista asesinado en Cuba pero por la criminal dictadura batistiana. Y que tuve la alta satisfacción de publicar la primera edición de Atahualpa Recio en su memoria.

En fin, quería decir tantas cosas que por la emoción del momento se me quedaron en la cabeza. Y que hoy las resumo en este ensayo; ensayo que pretende ser un justificativo de lo que quería decir y no dije.

28 de diciembre de 2009
(Cubaminrex-Embacuba Ecuador- Alberto Maldonado S)

 

 

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