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Camilo y el recuerdo de su inmensa sonrisa

 CUBA, 6 de febrero de 2012.
Aquel seis de febrero de 1932 en un barrio humilde
de Lawton, en La Habana,
a Cuba le nacía otro de sus hijos. ¿Cómo predecir entonces que aquel niño
que aprendió la sastrería por herencia paterna y soñaba convertirse en
escultor, sería la sonrisa de todo un pueblo?.

  Y así fue Camilo Cienfuegos desde pequeño: jaranero humilde y altruista
como le enseñaron sus padres Emilia y Ramón.

   Aprendió el oficio de sastre, pero sus dotes para la escultura lo
iniciaron en la Academia de Artes Plásticas San Alejandro. Mas, apenas tres
meses pudo mantener ese sueño.

  En los desmanes de la Cuba de la seudorepública, su familia no podía
sustentar los estudios, y al igual que tantos otros, comenzó a trabajar
antes de cumplir los 15 años.

  Cuando pudo enrumbarse como adulto llegó a Nueva York con la esperanza de
mejorar económicamente su vida. Pero la Gran Manzana no era lo que
imaginaba.

  Decepcionado, volvió a la Isla para apoyar los movimientos revolucionarios
de los estudiantes.  Justamente, en una manifestación de protesta recibió,
con 23 años, su primer balazo.

  Se vio forzado entonces a partir nuevamente a Estados Unidos y luego a
México. Allí conoció de la causa a la cual dedicaría el resto de su vida.

Al principio lo rechazaron, pero al conocerlo, aceptaron que los acompañara
en el viaje.  Algunos dicen que fue por su delgadez.

  Fue entonces que aquel yate de recreo con capacidad para 12 personas,
llegó con 81 hombres que cambiarían la historia cubana para siempre, y
conocería a dos amigos a quienes les sería fiel hasta la muerte: Fidel
Castro y Ernesto Guevara.

  Bajo las órdenes de Fidel primero, en la columna José Martí, y luego en la
Ciro Redondo del Che, supo mostrar su estirpe de revolucionario, siempre a
la delantera, como Señor de la Vanguardia.

  Por sus méritos fue ascendido a Comandante y dirigió hacia el Occidente la
columna invasora Antonio Maceo, travesía que lo convirtió en el Héroe de
Yaguajay.

  Cuando desapareció en el vuelo del Cessna 310-C en algún lugar entre
Camagüey y La Habana, el pueblo estuvo varios días buscándole. No podía
creer que desapareciera así alguien al que había querido tanto.

  La muerte le arrebataba la vida con apenas 27 años.

  Sin embargo, a 80 años de su nacimiento, Camilo vive en el corazón de los
cubanos, como el recuerdo de su inmensa sonrisa.
(Cubaminrex- AIN)

 

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