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El 17, día decisivo.

CUBA, 6 de abril de 2011.- Como se presumía, después del bombardeo a aeropuertos cubanos el sábado 15 de abril de 1961, tenía lugar el desembarco de la brigada de infantería motorizada, compuesta por mil 511 antipatriotas pagados por Washington, la cual -con abundante apoyo aéreo norteamericano- tocó tierra en la madrugada del lunes 17 por Playa Girón y Playa Larga, en el centro sur de la isla.

No era fuerza desestimable. Venía perfectamente organizada, sus planes habían sido elaborados por el Pentágono de EE.UU. y estaba bien entrenada por oficiales de ese país, con experiencia en ese tipo de operaciones.

A lo anterior, se añade que contaban con el más moderno armamento y tras de sí, una flota mercante había sido contratada y enmascarada para garantizarles los suministros.

La retaguardia, vital en acciones de tal índole, era muy completa, pues la CIA, la fuerza aérea y otras agencias de Washington obtuvieron la información necesaria sobre el teatro de operaciones.

La denominada brigada 2506 fue guiada y escoltada hasta el límite de las aguas territoriales cubanas por unidades aéreas y navales de EE.UU. Nada, salvo importantes factores de orden subjetivo, había quedado fuera de la bien pensada Operación Pluto.

El objetivo de la invasión, según ha explicado el entonces capitán de las FAR José Ramón Fernández, jefe de operaciones contra el desembarco, consistía "(.) en apoderarse de ese territorio, tomar todas las carreteras y entonces, atrincherados allí, en posiciones muy difíciles de tomar, más el dominio aéreo, establecer una cabeza de playa con su aeropuerto. Quedaba así asegurado el abastecimiento por mar y por aire y con todo ello mantendrían ese territorio desde donde contaban con hacer una guerra de desgaste contra el país".

En esa posición ocupada, pensaban desembarcar al llamado Consejo Revolucionario que, en funciones de Gobierno provisional, solicitara oficialmente la intervención del imperio, cuya participación en el conflicto se mantenía enmascarada.

Pero la Revolución no perdió un minuto. El Comandante en Jefe Fidel Castro impartió inmediatamente órdenes de comenzar las operaciones.

Al amanecer, era dado a conocer el Comunicado número Uno, firmado por el líder de la Revolución, donde informaba: "Se está combatiendo en defensa de la Patria sagrada y la Revolución contra el ataque de mercenarios organizados por el gobierno imperialista de los Estados Unidos. ¡Adelante cubanos, todos a los puestos de combate y de trabajo!

La Fuerza Aérea Revolucionaria recibió la misión de aniquilar, con sus escasos y anticuados 11 aviones disponibles, las embarcaciones utilizadas por los agresores, luchar contra la aviación enemiga y brindar apoyo a las fuerzas del Ejército Rebelde, la Policía Nacional Revolucionaria y las milicias obreras y campesinas que ya avanzaban sobre las posiciones ocupadas.

Mientras, el pueblo, organizado en los Comités de Defensa de la Revolución, en coordinación con el Ministerio del Interior, ponía a buen resguardo a los enemigos internos con el fin de impedir la formación de la "quinta columna."

El enfrentamiento armado se intensificó a lo largo del día 17, y el derroche de heroísmo fue masivo en todos los sitios donde se combatía.

Particularmente destacados fueron los pilotos, quienes sin descansar, cumplieron exitosamente decenas de misiones combativas en condiciones de inferioridad numérica y desventaja técnica. Esa fue una de las primeras y mayores sorpresas para los intrusos, pues calculaban que la Fuerza Aérea cubana estaría fuera de combate.

No podían entender que esta fuerza había sido responsable del hundimiento de la mitad de sus barcos y del derribo de cinco aviones, así como también de la protección de las tropas terrestres de la Revolución.

Al anochecer de esa primera jornada, la situación empezó a cambiar.

Todavía la resistencia mercenaria era fuerte en varios lugares, especialmente en Playa Larga, no obstante los esfuerzos y heroísmo desplegado por el batallón de la Escuela de Responsable de Milicias y otras unidades que llegaron hasta las posiciones enemigas.

Desde los momentos iniciales, y desde el Puesto de Mando instalado en diferentes direcciones en la zona de operaciones, Fidel dirigía las acciones.

Bastarían menos de 24 horas -desde que el primer mercenario puso sus botas sobre suelo cubano- para que comenzara el desconcierto en las filas agresoras.

En las venideras 48 horas, tendrían oportunidad de recibir nuevas e inolvidables sorpresas los enemigos de la Revolución, proporcionadas por quienes suponían vencidos, apenas pocas horas después de iniciada la invasión.

Por Ángel Rodríguez Álvarez
(Cubaminrex- AIN)

 

 

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