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Diplomacia y Revolución

Por Carlos Lechuga

A los cinco meses de bajar de la Sierra Maestra Fidel Castro viajó a Buenos Aires para asistir a una reunión del llamado Comité de los 21 de la OEA y propuso que los Estados Unidos, mediante financiamiento público, dieran 30 mil millones de dólares a los países latinoamericanos en los próximos diez años para el desarrollo de sus pueblos. Ese mismo año 1959 el Gobierno de La Habana lanzó la idea en la Asamblea General de las Naciones Unidas de convocar una conferencia de lo que se calificó de Países Subindustrializados de América Latina, África y Asia para tratar sobre la estabilización de los precios de los productos básicos, la expansión del comercio mundial, medidas de integración económica regional, reforma agraria, industrialización, ayuda técnica y fortalecimiento de las instituciones de crédito internacional. Así la Revolución mostró desde el principio su vocación internacionalista y por primera vez en su historia Cuba no se quedó flotando en el mar Caribe a merced de los vientos que soplaban del Norte, ese Norte revuelto y brutal al que Martí conocía sus entrañas, según una de sus frases célebres. Luego, en 1961, Cuba fue el único país latinoamericano que asistió como miembro pleno a la constitución del Movimiento de los Países No Alineados, donde la incipiente diplomacia revolucionaria obtuvo un éxito al declarar en la conferencia "que la base militar norteamericana de Guantánamo, a cuya permanencia el Gobierno y el pueblo de Cuba han manifestado su oposición, menoscaba la soberanía y la integridad territorial de ese país".

Esa conducta de solidaridad con otros pueblos se expresaba al mismo tiempo que se dictaban en el país las medidas de rescate de nuestras riquezas y la defensa de nuestra independencia y soberanía. Paralelamente la clase dirigente de los Estados Unidos empezó a ensayar todo tipo de medidas, encubiertas primero, y luego públicamente, contra la Revolución cubana y desde el comienzo se hizo patente que uno de los objetivos era aislar políticamente a la Isla para facilitar una agresión militar. La Organización de Estados Americanos fue el escenario escogido para lograr ese propósito.

Como instrumento de nuestra política exterior y para enfrentar con eficacia y firmeza esa ofensiva hostil de los Estados Unidos se creó el Ministerio de Relaciones Exteriores el 23 de diciembre de 1959. Raúl Roa, su timonel, ya había estado cinco meses antes en Santiago de Chile en una reunión de cancilleres de la OEA, que fue el primer intento de Washington de ejecutar esa política para desamparar a la Revolución. Ya allí Roa empezó a ganarse el título de Canciller de la Dignidad al intervenir en los debates de esas reuniones de Ministros de Relaciones Exteriores y en otros foros, como el de las Naciones Unidas, defendiendo no solamente a Cuba, sino a todos los países explotados por la política de saqueo de las potencias coloniales y por el imperialismo estadounidense.

Tergiversando la verdad y en un pretendido acto de taumaturgia el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Washington, dio a la publicidad en 1963 una cronología preparada por el Departamento de Estado en la que se dice que los Estados Unidos no habían tomado medidas para aislar a Cuba, por propia iniciativa, hasta julio de 1960. Se olvidó consignar, además de la reunión de la OEA en Chile en 1959, que el 17 de marzo de ese año 1960, el presidente Eisenhower ordenó a la CIA que adiestrara a contrarrevolucionarios cubanos para invadir a la Isla, según se ha revelado en documentos desclasificados y divulgados ampliamente.

Toda la historia de las relaciones de los Estados Unidos y la Cuba revolucionaria registra actos de agresión por parte de Washington. Inclusive, antes del triunfo de la Revolución, en los primeros días de diciembre de 1958, ya el Gobierno de Eisenhower había enviado a La Habana un mensajero para decirle a Batista, por la inminencia de la victoria del Ejército Rebelde, que tenía que abandonar la Isla y nombrar una Junta Cívico Militar para evitar que Fidel Castro tomara el poder.

Ese enviado de Washington, William Pawley, se dedicó después del primero de enero de 1959, en Miami, a conspirar contra la Revolución y animó más tarde el llamado "Cuban Families Committee for Liberation of Prisioners of War", que actuaba a favor de los mercenarios derrotados en Playa Girón.

En esa reunión de Cancilleres de la OEA en 1959 se crearon condiciones para continuar hostilizando a Cuba dándole nuevas facultades a la Comisión Interamericana de Paz y creando una Comisión Interamericana de Derechos Humanos que enseguida fueron inundadas de denuncias contra Cuba fabricadas en Washington y Miami. De ese modo se empezó a confeccionar un expediente que culminó en 1962 con la separación ilegal de Cuba del organismo regional interamericano.

Como pausas para tomar impulso en el plan estratégico de Washington, en medio de sabotajes, infiltraciones de terroristas, planes para asesinar al Jefe de la Revolución y medidas para ahogar económicamente al pueblo cubano, se celebraron otras reuniones ministeriales de la OEA. En solamente cuatro ocasiones en veinte años antes del triunfo de la Revolución se habían reunido los cancilleres y después del primero de enero de 1959, en el término de solamente dos años, se celebraron tres dedicadas a Cuba y una contra Trujillo porque los gobiernos latinoamericanos tuvieron escrúpulos de ser cómplices de Washington para agredir a Cuba sin antes hacer algo contra el déspota dominicano, temerosos de la reacción de la opinión pública hemisférica.

En otra cita ministerial, en Costa Rica, Roa recordó la responsabilidad de los Estados Unidos en la tiranía de Batista y calificó de cuento de hadas la libertad de prensa norteamericana, que sirvió de instrumento para acondicionar a la opinión pública contra el proceso que se desarrollaba en Cuba. Ese es un frente donde ha tenido que luchar la diplomacia revolucionaria desde el principio. Las empresas propietarias de la llamada gran prensa, escrita, o televisada y radial, generalmente responden a los intereses de las oligarquías y pocas veces se tiene la oportunidad de que se reflejen o divulguen sin mixtificaciones los criterios y las noticias de la realidad cubana.

Los Estados Unidos, en otra vertiente del enfrentamiento de la Revolución con el imperialismo norteamericano y mientras Cuba estuvo en la OEA, trató siempre de impedir que se planteara el diferendo entre los dos países en el foro de la ONU. Había que someterse, decían ellos y repetían los altos funcionarios de la OEA, a la disciplina del llamado Sistema Interamericano, que está bajo la égida de Washington.

El capítulo de la OEA se cierra con una reunión en Punta del Este, Uruguay, en 1962, a la cual asistió el presidente Dorticós. Como no se había podido establecer sanciones contra Cuba por la oposición de varios países, se inventó la tesis de la incompatibilidad de un régimen marxista-leninista con el Sistema Interamericano y consiguió Washington los 14 votos que hacían falta mediante la presión y el soborno, a última hora, acordándose la separación de Cuba del organismo regional, violándose todas las disposiciones de la Carta de la OEA y de las Naciones Unidas. Fue una victoria pírrica que hundió a la OEA aún más en el descrédito.

La diplomacia cubana tuvo después que enfrentarse a otro reto cuando la llamada Crisis de Octubre. Después que los Estados Unidos y la Unión Soviética se pusieron de acuerdo para no ir al Consejo de Seguridad donde estaba inscrito el tema de las negociaciones y había muchos países, sobre todo del Tercer Mundo, que deseaban participar de las discusiones para tratar de arribar a una solución de lo que se denominó Crisis del Caribe, es decir, el diferendo entre Estados Unidos y Cuba. El Gobierno de La Habana envió una carta al Consejo de Seguridad manifestando que esas negociaciones no habían producido acuerdos aceptables para Cuba porque el Gobierno de los Estados Unidos mantenía la posición de fuerza asumida en flagrante violación de las normas jurídicas internacionales. La voz de Fidel Castro se había alzado días antes planteando que no habría una solución definitiva de la crisis si no terminaba el bloqueo económico, terminaban las actividades subversivas, el cese de los ataques piratas y la violación del espacio aéreo y naval con aviones y navíos de guerra norteamericanos y la retirada de la Base Naval de Guantánamo.

Todos esos episodios pusieron a prueba la novel diplomacia revolucionaria que hoy sigue batallando con el mismo ímpetu de siempre, defendiendo la causa del desarme, de los derechos humanos, del trato equitativo en el comercio mundial, contra la guerra y abogando por la independencia y soberanía de su país. La política de los Estados Unidos contra Cuba ha causado mucho daño a nuestro pueblo pero ha fracasado en los propósitos que tiene. El actual Gobierno de corte fascista de Bush ha ido más allá de todas las agresiones anteriores, pero su proyecto no tiene perspectiva alguna de éxito. Esa política violatoria del Derecho Internacional se ha frustrado en todos los intentos que se han ensayado. Cuba, lejos de estar aislada como pretende Estados Unidos, tiene hoy relaciones diplomáticas y consulares con mayor número de gobiernos y miles de jóvenes y cooperantes prestan servicio en más de cien países.

José Martí, nuestro Héroe Nacional, afirmó en una ocasión una verdad que podemos hoy suscribir sin vacilación. En una polémica con un periódico español, que dijo que los vítores recibidos por una agrupación independentista cubana en una manifestación no significaba que fueran reconocidos por los Estados Unidos los derechos cubanos manifestó lo siguiente en un artículo en la Revista Universal de México en 1876, "ni esperamos su reconocimiento, ni lo necesitamos para vencer".
Esta sentencia de Martí está hoy más vigente que nunca.

 

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