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CancillerDignidad

La diplomacia de la verdad

No había tiempo para “pasar” cursos; tampoco la preparación formal era la prioridad. Con la llegada de la Revolución se abría una etapa nueva también en las relaciones exteriores de Cuba.

Los tiempos demandaban “otros” políticos. Así, como ya apuntara alguien alguna vez, los fríos y descomprometidos diplomáticos de carrera fueron sustituidos por embajadores hechos a la carrera. Pero la fidelidad a la Patria era la materia prima fundamental.

Desde distintos sectores, hombres probados en su lealtad al indetenible proceso de cambios que entonces se abría, fueron convocados para asumir la misión trascendental de defenderlo desde aquella importantísima trinchera.

Comenzaban ya las tergiversaciones, silencios y manipulaciones contra la Isla y, frente a esa agresión, se abría un servicio exterior que uno de sus más añejos y experimentados protagonistas ha retratado con una definición simple pero profunda: “la diplomacia de la verdad”. Esa ha sido la línea conductora.

Carlos Lechuga, uno de aquellos primeros representantes de la Cuba revolucionaria ante la ONU y la OEA, ha considerado la política exterior inaugurada en 1959 como síntesis de la propia proyección internacional de Fidel. Puntuales y sólidos han sido los pilares. En primer orden, la defensa de la Revolución; después, la solidaridad con otros pueblos. Y por último y para siempre: la verdad.
“El gobierno cubano siempre se ha caracterizado por decir la verdad; esa enseñanza ha sido ‘la escuela’”, ha comentado más de una vez Lechuga, en medio del reposo de cualquier diálogo informal, a esta reportera.

Honestidad e intransigencia en lo relativo a los principios revolucionarios completan la rosa náutica que guía a nuestros diplomáticos hasta hoy, desde los memorables tiempos en que Raúl Roa, estremecedor desde cualquier podio, se ganara el apelativo de Canciller de la Dignidad. Nunca antes en los foros internacionales, se puso tan alto el nombre de Cuba.
Es que Cuba, también, era una nación nueva.

El primer paso fue la propia fundación del actual Ministerio de Relaciones Exteriores por Decreto del Gobierno Revolucionario que daba nacimiento, el 23 de diciembre del año 1959, a una instancia verdaderamente representativa de los intereses del pueblo cubano.

Se declaraba definitivamente muerto y obsoleto el llamado Ministerio de Estado, instaurado casi con la Enmienda Platt y transmisor, por eso, de las ataduras al Imperio con que habíamos nacido a aquella mediatizada vida de pseudo república.

¿Cuántos momentos trascendentales han vivido, desde entonces, nuestros representantes en el servicio exterior? ¿Cuánto ha vibrado el pueblo de Cuba al escucharlos, en cada una de tantísimas tribunas?

No ha habido reclamo justo en el mundo que no hallase eco en nuestra política exterior, ni injusticia que no encontrase su condena.

Siempre con estricto apego al Derecho Internacional, la labor de nuestra diplomacia ha defendido en favor del prójimo los postulados que la Isla exige para sí: respeto al derecho a la soberanía y la independencia, rechazo a la injerencia en los asuntos internos de otros Estados; relaciones basadas en la solidaridad y la cooperación.

La consecuencia con tales principios ha sido la garantía de que, 49 años después, nuestros jóvenes diplomáticos sigan levantando auditorios. Como si otra vez fuera el verbo implacable de Roa. Como si el Che volviera a escucharse desde Punta del Este. Como fuera la voz de Fidel... Por Marina Menendez. ( Cubaminrex- Juventud Rebelde).

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