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Política exterior de la nación cubana

Por Raúl Roa García.

Octubre de 1968

La trayectoria de la política exterior de la nación cubana está condicionada por la posición de esta en el mapa político del mundo, y la naturaleza de las relaciones que dimanan de ese hecho. Su curso de desarrollo cubre tres etapas, que corresponden, respectivamente, a la República en armas contra la dominación española, a la República uncida a Estados Unidos y a la República emancipada del imperialismo norteamericano, en que por primera vez la nación cubana es dueña de sus propios destinos. Puede afirmarse que, desde el 20 de mayo de 1902 hasta el 1ro. de enero de 1959 -salvo algún que otro señero gesto individual, como el de Manuel Sanguily en sazón memorable, y aún más escasos paréntesis alentadores, como el que configura la posición antimperialista de Antonio Guiteras durante el primer gobierno de Grau San Martín- la política exterior de la nación cubana fue dócil trasunto de los dictados de la Embajada yanqui.

Al romper la rebelión armada encabezada por Fidel Castro las cadenas de ese ominoso vasallaje, la nación cubana se empinó a la altura de la época y, tras enrumbarse la Revolución por el arduo y luminoso camino de la edificación de la sociedad socialista y comunista, creó las condiciones para el desarrollo de una política exterior independiente, expresión viva de la posición real de Cuba en la esfera de las relaciones internacionales. Pero si la coronación de esta hazaña a solo noventa millas de la potencia más agresiva, poderosa y rapaz del sistema mundial imperialista, convierte a la nación cubana en vanguardia indoblegable e invencible de los pueblos de América Latina, África y Asia, la significación y trascendencia universales de los cambios básicos ocurridos en la estructura de la sociedad cubana, mediante la aplicación creadora del marxismo-leninismo, permite aseverar que las tres grandes revoluciones sociales de nuestro tiempo son la soviética, la china y la cubana.
La Revolución cubana ha cumplido cabalmente el legado de José Martí. "Cuba -postuló- deberá independizarse de España y Estados Unidos." Martí advirtió, con genial lucidez, que el objetivo central de la revolución libertadora era "impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América".

Un siglo se prolongó la lucha para impedir que en Cuba -como dijera Martí- se abriese, "por la anexión de los imperialistas, el camino que se ha de segar y con nuestra sangre estamos segando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia".
La historia de ese proceso solo en parte se ha hecho y urge ya escribirla en su conjunto. La cuantía de los materiales disponibles es suficiente para acometer la faena con óptimos frutos. Mi propósito -sobra decirlo- se contrae a esbozar el tema con elementos ya conocidos.

Simón Bolívar previó antes que nadie, el papel imperial que estaba reservado a Estados Unidos en el Nuevo Mundo. En cuanto a Cuba se refiere, el 28 de abril de 1823 el secretario de Estado norteamericano y más tarde su sexto presidente, John Quincy Adams, diseñó la denominada política de la "fruta madura": "Hay leyes de gravitación política -decía Adams- como las hay de gravitación física, y así como una fruta es separada de su árbol por la fuerza del viento, no puede, aunque quisiera, dejar de caer al suelo, así Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella, es incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar, necesariamente hacia la Unión norteamericana, y hacia ella exclusivamente, mientras que a la Unión misma, en virtud de la propia ley, le sería imposible dejar de admitirla en su seno."

El designio yanqui de adueñarse de Cuba, en una forma u otra, aflorado por primera vez en 1805, en carta de Jefferson, fue, sin duda, la raíz de la política de "espera paciente" y de la Doctrina Monroe, formulada en el mensaje presidencial de 2 de diciembre de 1823 y redactada por el mencionado secretario de Estado, John Quincy Adams, que se adelantó a las sutiles maniobras del gobierno británico, inspiradas en la propia finalidad. La pugna entre Estados Unidos e Inglaterra por el dominio de Cuba -expresión de sus intereses políticos, económicos y militares contrapuestos ya a escala mundial- está presente a lo largo del siglo XIX. El anexionismo, el reformismo y la esclavitud -sinónimo de azúcar entonces- forman parte de esa pugna, de la cual España fue la beneficiaria.
Transcribo, a continuación, tres muestras eminentes de la actitud ideológica y política de la burguesía y los terratenientes criollos frente al problema de la absorción de Cuba por Estados Unidos.

"Vemos crecer -decía el españolizante Francisco Arango y Parreño en 1808- no a palmos, sino a toesas, en el septentrión de este mundo, un coloso que se ha hecho de todas castas y lenguas y que amenaza tragarse, si no nuestra América entera, al menos la parte norte; y en vez de tratar de darle las formas morales y físicas a Cuba y la voluntad que son precisas para resistir tal combate; en vez de adoptar el único medio que tenemos de escapar, que es el de crecer a la par de ese gigante tomando su mismo aliento, seguimos con la idolatría de los errados principios que causan nuestra languidez, y creemos conjurar la terrible tempestad, quitando los ojos de ella, queriendo que todos los quiten, y llegando en esta parte hasta el extremo de oír, sino con indignación, al menos con desabrimiento, a los buenos españoles que, interesados cordialmente en la gloria de su origen y en el bien de su nación, han sabido algunas veces hablar con tímidas frases de nuestra ceguedad imperdonable, de nuestro riesgo inmediato y de su único remedio."

"No hay que alucinarse -escribía el separatista Félix Varela en El Habanero-. Yo soy el primero que estoy contra la unión de la Isla a ningún gobierno, y desearía verla tan Isla en política como lo es en la naturaleza... En América no hay conquistadores, y si algún pueblo intentase serlo, deberá esperar la reacción de todo el Continente, pues todo él verá atacado el principio americano, esto es, que la libre voluntad de todos los pueblos es el único origen y derecho de los gobiernos..."

"Es de tal importancia la isla de Cuba -expresaba el reformista José Antonio Saco por el año 1847- que su posesión daría a los Estados Unidos un poder inmenso, que la Inglaterra y la Francia no sólo verían muy comprometida la existencia de sus colonias en América, sino que aún sentirían menguar el poderoso influjo que ejercen en otras partes del mundo. Una incorporación forzada produciría una guerra desastrosa entre la república de Washington y la España, Inglaterra y Francia. No es probable que la primera triunfase de las tres últimas, pero aun cuando triunfase, ¿cuál sería la suerte de Cuba convertida en teatro de una lucha sangrienta y asoladora? Nunca olvidamos que si en ella se empeñasen los Estados Unidos, sería por su engrandecimiento territorial y político, mas no por la felicidad de los actuales habitantes de Cuba. Que éstos perecieran, con tal que ellos lograsen sus fines: nada, nada importaría, pues Cuba sería repoblada por sus nuevos poseedores."

En nota dirigida en 1848 por el secretario de Estado, James Buchnan, al embajador en España, el escritor Washington Irving, se explica, diáfanamente, la posición del gobierno norteamericano: "A nosotros nos satisface que Cuba continúe en la condición de colonia de España. Mientras se encuentre en poder de esta última nación, nada tendremos que temer. Y, aparte de eso, nos sentimos también ligados con España por vínculos de antigua amistad y deseamos que éstos se perpetúen. Pero no podemos consentir que dicha Isla pase a ser una colonia de otra potencia extranjera. Si cayese bajo el dominio de la Gran Bretaña, la dominación de ésta sobre el Golfo de México sería suprema. Los Estados Unidos ocupan el primer lugar entre los rivales comerciales de la Gran Bretaña... Esta sabe bien, por otra parte, que si Cuba nos perteneciese, sus posesiones antillanas perderían casi todo su valor. Por la extensión y fertilidad del suelo cubano y por la enérgica actividad de nuestro pueblo, nos sería fácil proveer en breve tiempo al mundo entero de productos tropicales a precios más bajos que los que tuvieran que pagarse en cualquier posesión de la Gran Bretaña... Séame lícito ahora examinar ese asunto bajo un aspecto diferente. Si Cuba se anexionase a los Estados Unidos, no solamente nos libraríamos de las aprehensiones respecto a nuestra propia seguridad y la seguridad de nuestro comercio, que no podemos dejar de sentir mientras ella continúe como está, sino que sería imposible para la previsión humana darse cuenta de los beneficios que aquel hecho reportaría a la Unión. Pero por grande que sea el deseo de poseer a Cuba que tengan los Estados Unidos, no llega hasta el extremo de que quisieran hacerlo por otros medios que la libre voluntad de España. El precio de una adquisición no sancionada por el honor y por la justicia sería demasiado caro. Inspirado por estos principios, ha parecido al Presidente que en vista de las presentes relaciones entre Cuba y España, podría el gobierno español sentirse inclinado a ceder la Isla a los Estados Unidos mediante el pago de una justa y satisfactoria compensación. Según nuestras noticias, así oficiales como privadas, existe hace algún tiempo entre los naturales de Cuba una hostilidad profundamente arraigada contra la dominación española. Las revoluciones que en sucesión tan rápida han tenido lugar en el mundo, en estos últimos tiempos, han inspirado a los cubanos al ardiente deseo de obtener su independencia... En vista de todas estas razones, el Presidente cree que ha llegado el momento crítico en que debe hacerse un esfuerzo para comprar a España la Isla de Cuba..."

Esa actitud fenicia fue la predominante durante la Guerra de los Diez Años, en que se formó y se forjó, en épica contienda, la nación cubana. José Morales Lemus, representante formal de la Revolución en Estados Unidos -vocero en realidad de la tendencia anexionista todavía subyacente en algunas capas del Ejército Libertador, las más ligadas a los intereses y concepciones del capitalismo criollo español- se esforzó en lograr, del gobierno del presidente Grant, el reconocimiento de la beligerancia de la República de Cuba en armas; pero el secretario de Estado, Hamilton Fish, se interpuso en su camino y enderezó sus pasos a obtener del general Prim, a la sazón jefe del gobierno español, que cediera la isla de Cuba mediante una fuerte indemnización monetaria. Y, llevando a efecto sus planes, propuso a Prim, por conducto del embajador en Madrid, Daniel E. Sickes, un proyecto de arreglo, sobre la base de que España reconociera la independencia de Cuba y concertase un armisticio, a cambio de que la República de Cuba indemnizara a España por la pérdida de la Isla. Las dramáticas y aleccionadoras vicisitudes de este episodio han sido prolijamente relatadas por Enrique Piñeiro en uno de sus libros. Pero la verdadera réplica a esa maniobra yanqui la dieron los propios mambises por boca de su secretario de Relaciones Exteriores, Ramón Roa: "tea, bala y machete".

La misión "Morales Lemus" concluyó simultáneamente con el fracaso de sus negociaciones. En lo adelante, la actividad de los diplomáticos mambises quedó reducida a eludir las sañudas persecuciones del gobierno norteamericano. El presidente Grant y sus sucesores exhibían, cada vez más, una acérrima repulsa a la independencia de Cuba, intentando enmascarar baldíamente su propósito de apoderarse de la "llave del Golfo".

La diplomacia de la República en armas cosechó algunos éxitos en América Latina. En México, el Benemérito Benito Juárez dispuso la admisión en los puertos mexicanos de los barcos de bandera cubana y la cámara de diputados lo autorizó a otorgar a Cuba en armas la beligerancia. Los gobiernos de Chile, Venezuela y Bolivia reconocían, asimismo, el derecho de beligerancia al pueblo cubano. El gobierno del Perú, no solo imitó esa conducta, sino que reconoció la República de Cuba y admitió la delegación diplomática permanente. Cuba, considerada por Perú nación independiente, fue invitada oficialmente a participar en el Congreso Americano de Jurisconsultos, celebrado en Lima en 1877-1878, siendo representada por Francisco de Paula Bravo, quien mantuvo sus credenciales hasta la sesión de clausura, acaecida después del Zanjón.

La diplomacia de José Martí y de los dirigentes de la Revolución de 1895 se ocupó y preocupó, principalmente, de obtener de los países latinoamericanos el reconocimiento de la beligerancia cubana. Pero los resultados fueron harto distintos de los conseguidos durante la Guerra de los Diez Años. España, esta vez, usó una táctica diferente. Trocó la política de amenazar y agredir, por la de adular y complacer a los gobiernos de América Latina. Para ello, contaba con el concurso de las oligarquías imperialistas, muy influenciadas por los ricos comerciantes españoles residentes en sus respectivos países y por las presiones, ya operantes, del gobierno yanqui. De poco valieron los contumaces esfuerzos de los diplomáticos revolucionarios. Mientras los pueblos denotaban su ardiente y militante simpatía, sus gobernantes permanecieron insensibles a la idea de cooperar en favor de la nueva lucha emprendida por los patriotas cubanos. En su buido y documentado ensayo, "El fracaso de España en América", el insigne camagüeyano Enrique José Varona clavó, como insectos, a esas prefiguras de los actuales gorilas y letrados que, al servicio del imperialismo yanqui, azotan y ordeñan impúdicamente a nuestros pueblos.

La República en armas de 1895 le prestó a la diplomacia toda la consideración que merecía y organizó eficientemente su servicio exterior. Se designaron enviados especiales, agentes generales o encargados de negocios en Chile, Perú, Bolivia, Guatemala, Nicaragua, Honduras, Brasil, Uruguay, Argentina, Venezuela, México, Costa Rica, El Salvador, Santo Domingo, Haití, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña.

La República emancipada de España y Estados Unidos, libre en sus determinaciones y soberana en sus potestades, propugnada por José Martí con el pensamiento y con las armas, fue sustituida por un protectorado virtual con arreos republicanos, al ser derrocada la dominación española mediante la intervención norteamericana, cuando ya los ejércitos mambises se asomaban, en incontenible avance, a las puertas mismas de la capital de la Colonia. La cacareada Resolución Conjunta solo había sido una modalidad demagógica de la secular política yanqui respecto a Cuba. Su cínica forma de expresión fue la Enmienda Platt, impuesta como ultimátum a la Convención Constituyente. La ingente lucha del pueblo cubano por liberarse de toda coyunda o tutela resultaba usufructuada por el incipiente y pujante imperialismo norteamericano.

La independencia mediatizada, la creciente sujeción de la economía a la maquinaria financiera y comercial de Estados Unidos y el contubernio de la burguesía criollo y la cacocracia politiquera con los círculos imperialistas norteamericanos, enyugaron la política exterior de Cuba, hasta el 1ro. de enero de 1959, a los intereses políticos, económicos, diplomáticos y militares del Gobierno yanqui. La actividad del servicio diplomático cubano estuvo al servicio de esa estructura semicolonial de poder.

La oligarquía criolla arrastró a Cuba a dos guerras mundiales, sacrificó su derecho a percibir un justo precio por el azúcar y entregó sus riquezas naturales a la explotación de industriales y financieros norteamericanos. En los congresos y conferencias internacionales, la voz y el voto de los delegados cubanos eran puros regüeldos de las voces y votos de los delegados norteamericanos. A tal grado llegó la incondicional adhesión de la clase dominante a la política imperialista
norteamericana, que en la misma Habana, celebrándose la Sexta Conferencia Panamericana, el pueblo cubano tuvo que recibir la afrenta de oír a su pretenso delegado, Orestes Ferrara, entonar una rastrera y macarrónica loa al derecho de intervención que el delegado yanqui reclamaba, con imperial prepotencia, para su país. El cordero defendía el arbitrio de su verdugo para decapitarlo.
La genuina diplomacia cubana surgió después del 1ro. de enero de 1959. Con el triunfo de la Revolución y el advenimiento al poder de la clase obrera, la política exterior de nuestro país dio un viraje de 180 grados. Cuba se liberó de las ataduras coloniales para convertirse en un Estado efectivamente libre, independiente y soberano. La política exterior del Gobierno Revolucionario la dictan los principios, las necesidades y las aspiraciones del pueblo cubano, de los movimientos de liberación de América Latina, África y Asia y del movimiento comunista internacional.

El primer documento en el que se afirmó cabalmente la soberanía de Cuba fue la nota enviada al gobierno norteamericano, con motivo de la promulgación de la Reforma Agraria. En respuesta a la nota norteamericana, el Gobierno Revolucionario reiteró que "es facultad inalienable suya dictar, en el ejercicio de su soberanía y al amparo de tratados, convenciones y pactos de carácter universal, las medidas que juzgue más adecuadas para impeler y asegurar el desarrollo económico, el progreso social y la estabilidad democrática del pueblo cubano..." "En consecuencia -declaraba la nota cubana- el Gobierno Revolucionario se arroga la facultad de decidir lo que estime más acorde con los intereses vitales del pueblo cubano, y no admite, ni admitirá, ninguna indicación o propuesta que tienda a menoscabar, en lo más mínimo, la soberanía y la dignidad nacionales..."

A partir de ese histórico instante, se inicia una nueva etapa en las relaciones cubano-norteamericanas, caracterizada por el tránsito de la actitud hostil a la agresión directa por todos los medios al alcance del imperialismo, incluyendo los más inescrupulosos. Esta etapa comienza con las medidas de represalia económica, prosigue a través de agresiones políticas, como el rompimiento de relaciones diplomáticas y las crecientes coacciones a los gobiernos de América Latina hasta lograr el rompimiento colectivo con Cuba, con excepción de México; se acentúa con los actos de subversión, terrorismo y espionaje organizados por la Agencia Central de Inteligencia y las provocaciones en la base naval norteamericana de Guantánamo; adquiere nuevo sesgo con la agresión armada de Playa Girón, y culmina con la crisis generada por el gobierno de Estados Unidos en el mes de octubre de 1962, que puso al mundo al borde de una guerra termonuclear. Cuba reafirmó la independencia de su política exterior al formular el Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, Comandante Fidel Castro, sus Cinco Puntos, como condiciones mínimas para la restauración de la paz en la región del Caribe y en el mundo, y la ha seguido y seguirá reafirmando, sin dobleces ni vacilaciones, en todas las circunstancias, acorde con los principios en que se sustenta.

Cien años se cumplen hoy del alzamiento revolucionario de Carlos Manuel de Céspedes y una mano de valientes, capaces no solo de ofrendar sus vidas por la independencia y dignidad de la patria, sino de sacrificar generosamente sus heredades y caudales. Aquella promisoria alborada irradia ya luz plena de mediodía. Y entre ea alborada y este mediodía se yergue, fundiéndose en al memoria con Agramonte, Gómez, Maceo y Martí, la figura quijotesca del Comandante Ernesto Che Guevara, el guerrillero impar que sembró en Los Andes, con su lucha y con su muerte, la semilla florecida en Yara y transformada en árbol frondoso en la epopeya de la Sierra Maestra. ( Cubaminrex ).

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