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Raúl Roa García: Revolucionario de todos los tiempos, relevante escritor, formidable orador; Fidel tuvo en él un intérprete idóneo de sus concepciones sobre la diplomacia revolucionaria

El miércoles 10 de octubre de 1973 se discutía en la Asamblea General de la ONU el tema del genocidio fascista que perpetraba la Junta Militar golpista en Chile. El canciller cubano, Raúl Roa García, denunciaba la sanguinaria represión desatada en el país austral, solo comparable "a la de los nazis en los países ocupados: ejecuciones sumarias, masacres organizadas, destrucción de pueblos, bombardeos de universidades, torturas horripilantes, campos de concentración, entrega a sus verdugos de los exiliados latinoamericanos, quemas de libros..."

El representante de los fascistas chilenos pidió la palabra. Con desfachatado cinismo aseguró que la Junta "reconoce y acata los derechos humanos fundamentales". Lanzó contra Cuba y Fidel Castro falsas acusaciones y calumnias.

Roa se puso de pie. "Como si le hubieran puesto un electrodo", recordará después un diplomático. "¡Hijoeputa! ¡Maricón! ¡Miserable! ¡Cundango!", gritaba el cubano mientras enrumbaba por el pasillo hacia donde se hallaba el chileno. Uno de los esbirros de la delegación nicaragüense desenfundó una pistola. Roa, sin inmutarse, siguió avanzando. Uno de los cubanos, desarmado, pecho al descubierto, le servía de escudo. El chileno, despavorido, se escondió detrás del podio, de donde lo rescató un policía italiano.

Cuando logró restablecerse la calma, tras varias intervenciones, volvió al podio Roa. Solo le replicó a EE.UU., ignoró a los satélites del imperialismo. "El pueblo chileno no será vencido por el fascismo. Y no será vencido por el fascismo, a despecho de la ayuda que reciba de los EE.UU."

Raulito

Nació en el habanero barrio de la Víbora, el 18 de abril de 1907, dentro de una familia de terratenientes venidos a menos. Su padre, Raúl, modesto empleado público, era hijo del teniente coronel mambí Ramón Roa, ayudante de Ignacio Agramonte en el 68. A la madre, María Luisa García, le unió un cariño y una ternura infinitos. Al principio era solo Raulito. Luego, en el colegio, le llamaban simplemente Roa. Según el autorretrato que ofreciera en entrevista concedida en 1968, "era larguirucho, flaco, intranquilo, boquigrande, orejudo, ojillos soñadores con relumbres de ardilla, a veces melancólico, jocundo casi siempre, lenguaraz a toda hora y más peludo que un hippie aunque ya antihippie por naturaleza".

Quienes le conocieron, recordaban sus "mataperrerías" de barrio, siempre empinando papalotes, jugando a la quimbumbia, arañando las polvorientas calles con los patines o la bicicleta. Era un apasionado al béisbol y maestro en recoger short-bounds (tiros cortos) en primera base. Lector desenfrenado de Salgari, Julio Verne, Fenimore Cooper, Daniel de Foe, soñaba ser un mosquetero del Rey o un protector de huérfanas como Enrique de Lagardere, un ladrón de manos de seda al estilo de Raffles, o un omnipotente Fantomas.

Fue muy buen estudiante. En 1926, entró en la Universidad.

El Flaco

Su amiga de los tiempos de la Universidad, la escritora Loló de la Torriente, aseguraba que entonces Roa era "más hueso que carne y por eso le decían El Flaco. Nunca lo vi solo, siempre en muchedumbre... Era un formidable asambleísta y dominaba (a la audiencia) con la dialéctica de la verdad en sus razonamientos... Era el más greñudo de todos los greñudos, el más malhablado de todos los insolentes y el más ingenioso de todos los hidalgos".

Salvador Vilaseca lo conoció en 1927, cuando la dictadura de Gerardo Machado (1925-1933) y el claustro universitario expulsaban de la casa de altos estudios a todo alumno que se opusiera al Gobierno. Junto con el propio Salvador y Rafael Trejo, testimonió Vilaseca, "acordamos asaltar al aula de Química, en la que se estaba celebrando un consejo disciplinario a unos compañeros. Estaba cerrado el edificio pero cerca había un poste en el piso con el que tumbamos la puerta. Lo profesores salieron huyendo y logramos coger los papeles que había sobre la mesa".

En sus años de universitario, Roa conoció a dos de sus grandes amigos: a Rubén Martínez Villena, en su casa, cuando El Flaco deseaba integrar el claustro de la Universidad Popular José Martí, aquel noble proyecto de Mella y Alfredo López; a Pablo de la Torriente Brau, en el bufete del sabio etnólogo cubano Don Fernando Ortiz, a mediados de 1930. Gracias a ese encuentro, el futuro autor de Presidio Modelo pudo vincularse estrechamente al movimiento estudiantil.

Miembro fundador del Directorio Estudiantil Universitario (DEU) de 1930, Roa escribió el manifiesto distribuido en la jornada revolucionaria del 30 de septiembre de ese mismo año, de la que fue uno de sus organizadores y protagonistas. Por divergencias ideológicas con el DEU se separó y fundó con Gabriel Barceló, Pablo y otros el Ala Izquierda Estudiantil (AIE), de posiciones muy cercanas al primer Partido Comunista. Entre 1931 y 1933 sufrió dos veces la cárcel y Machado lo internó en el tenebroso Presidio Modelo.

El Doctor

A la caída de la tiranía machadista, formó parte de la depuración de profesores y alumnos de la Universidad de La Habana. Mantuvo una posición crítica contra el Gobierno de los 100 días, pero fue de los pocos que supo diferenciar el nacionalismo revolucionario de Guiteras del demagógico reformismo de Grau.

Se graduó en 1935 de doctor en Derecho y publicó Bufa subversiva, recopilación de sus trabajos más significativos hasta la fecha. Por su participación en la huelga de marzo de 1935, durante la dictadura Caffery-Batista-Mendieta tuvo que exiliarse. En 1940 obtuvo por oposición la cátedra de Historia de las Doctrinas Sociales, en la Universidad de La Habana.

Opuesto al bonche y al pandillerismo universitario, esgrimió el verbo para vapulear a la indolente Federación Estudiantil Universitaria (FEU) de la época. El asesinato por pugnas estudiantiles de un dirigente de esta organización, causó su dimisión como decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Público.

En 1949 apareció el primer tomo de su Historia de las Doctrinas Sociales, al que sucedieron otros dos títulos que recopilan sus trabajos periodísticos, ensayos y polémicas: Quince años después (1950) y Viento Sur (1953). Director de Cultura del Ministerio de Educación desde 1949, financió la publicación de importantes libros, subvencionó al Ballet de Alicia Alonso, echó a andar un movimiento de puestas teatrales, salones de plástica y humorismo.

Opuesto al golpe de Estado batistiano del 10 de marzo de 1952, integró junto con Salvador Vilaseca la Triple A, dirigida por Aureliano Sánchez Arango. Cuando se percataron de que Rafael Leonidas Trujillo, el sátrapa dominicano, financiaba la organización, se separaron de ella. Luego se incorporó a la Resistencia Cívica, muy vinculada al Movimiento 26 de Julio.

En 1959, apareció su libro En pie, que recogía ensayos y trabajos periodísticos escritos hasta la fecha. Luego vendrían Retorno a la alborada (1964), Escaramuza en las vísperas (1966), La Revolución del 30 se fue a bolina (1969) y Aventuras, venturas y desventuras de un mambí (1970). Póstumamente se publicaría El fuego en la semilla del surco (1982).

El Ministro

La Revolución en el poder necesitó rápidamente de Roa y le designó embajador en la Organización de Estados Americanos (OEA). En su presentación como representante de Cuba, después de dejar en claro "la profunda desconfianza del pueblo cubano" en la organización, advirtió: "A la diplomacia de la Revolución Cubana corresponden deberes y responsabilidades congruentes con su naturaleza democrática, proyección continental y trascendencia universal".

Ante las insuficiencias del primer canciller del Gobierno Revolucionario, se designó a Roa como ministro el 13 de junio de 1959. Fidel Castro tuvo en él un intérprete idóneo de sus concepciones sobre la diplomacia revolucionaria. Y llevó la Revolución al Ministerio de Estado, que pronto cambiaría su nombre por el de Relaciones Exteriores.

A los antiguos funcionarios, sin vinculación con la tiranía, les fueron respetados sus puestos. Ellos ayudarían al nuevo canciller a adiestrar a toda la savia joven que en oleada inundó el Ministerio. A los jóvenes les advirtió de la necesidad de aprender de los veteranos, cuyas experiencia y conocimientos eran invaluables.

Como ministro, Roa estaba pendiente del chofer que no cobraba por insuficiencias burocráticas, de la trabajadora ingresada en un hospital, de las medicinas que requería alguien o la nieta de alguien.
Su sentido del humor le granjeaba la simpatía de todos y generó una serie de fabulaciones y leyendas no siempre exactas. A un embajador foráneo que no cuidaba el protocolo en el vestir, lo recibió en camiseta y le espetó: "La próxima vez que usted venga en mangas de camisa, lo recibiré en calzoncillos". Mientras se dirigía a los movilizados en un campamento agrícola, cayó un mango cerca de él. "Ese es mío, que yo lo vi primero", dijo. En una reunión interparlamentaria, ante un diplomático yanqui que exigía con apuro que se le concediese hablar, apuntó: "Tiene la palabra el delegado de EE.UU., pero sin guapería".

Canciller de la Dignidad

Antológica es su oratoria en aquella épica batalla verbal en la Cuba durante los días de Girón, contra la diplomacia yanqui, encabezada por Adlai Stevenson, a quien literalmente vapuleó. Roa refutó todas las mentiras estadounidenses, demostró fehacientemente que la invasión mercenaria había sido organizada y entrenada por la CIA, con la complicidad de los Gobiernos títeres de Centroamérica. Hizo justicia, en esa batalla y las demás que librara en el escenario internacional, al apelativo que los pueblos de nuestra América y el mundo ya le daban: Canciller de la Dignidad.
El sobrenombre lo ganó en San José, Costa Rica, a finales de agosto de 1960. Convencido de que en la OEA las denuncias de Cuba ante la inminente agresión de la CIA nunca encontrarían eco, resonancia ni acogida alguna, pidió la palabra para una cuestión de orden y anunció la retirada de su delegación: "Me voy con mi pueblo y con mi pueblo se van también los pueblos de nuestra América".
Oscar Pino Santos rememoraría años después: "Con Roa nos levantamos todos (los de la delegación cubana) y salimos... afuera había una multitud que gritaba: Cuba sí, yanquis, no. Y nos pusimos a cantar el Himno Nacional".

De ahí fueron a la Casa Italia. "Nos sentamos a comer -solía recordar el periodista y narrador deportivo Eddy Martin-, y le dicen a Roa que Mario Ramírez, un periodista costarricense insistía en pasar. Lo manda a buscar y entra con equipos, trasmisores. Saca un micrófono y empieza a hablar: 'Estamos en la Casa Italia con el Canciller de la Dignidad que acaba de retirarse de la reunión de la OEA. Canciller, diga algunas palabras para el pueblo de Costa Rica.'

A partir de entonces, en Montevideo y Santiago de Chile; en El Cairo y Argel; en los barrios negros y latinos de Nueva York; en su Habana, cuando retornaba triunfal a la Patria; muchedumbres lo vitorearon como el Canciller de la Dignidad. Por: Pedro Antonio García. ( Cubaminrex- Revista Bohemia).

 

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