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Corran la voz, llegaron los médicos cubanos.

HAITÍ, 25 de enero de 2011.- La vida en Pointe des Lataniers parece haberse detenido en el tiempo muchas centurias atrás. Allí no hay televisión, ni escuelas, ni calles pavimentadas, ni sistemas de acueducto y alcantarillado, ni luz eléctrica, como tampoco médicos u otros muchos servicios de la vida moderna. La pobreza es pavorosa.

Allí parece no suceder nada, mientras languidece el día y la madre de una inmensa prole (unos 8-9 hijos como promedio) prepara un magro plato a base de un pequeño pescado de color rosado, capturado por el hijo mayor y su padre, al que adicionan arroz con coco y frijoles.

Sin embargo, desde hacía mucho tiempo en el misérrimo villorrio, de apenas 3 000 habitantes y ubicado en el extremo norte de la deforestada y "seca" isla haitiana de La Gonave, no había tanta agitación por una visita imprevista.

La causa: un grupo de pesquisa activa de galenos y enfermeros cubanos llegó al remoto lugar en busca de infectados con la epidemia de cólera —para informar cómo se controla ese peligroso padecimiento, que mata fulminantemente si no es atendido a tiempo—, y brindar consultas médicas.

Y la noticia corrió como pólvora, pues desde ruinosas casuchas de piso de tierra, que tienen por todo mobiliario un desvencijado catre de cuatro patas sin colchón, salían "incrédulos" a contarles a los médicos cubanos sus dolencias humanas de siglos de desatención sanitaria.

El grupo de pesquisa activa, integrado por el doctor Alexander Torres Serrano, de Camagüey, y los enfermeros Manuel de Jesús Pérez (Holguín) y Manuel Yunior Castro García (Matanzas), no tuvo un minuto de descanso bajo el abrasador sol caribeño. La mortalidad infantil y otros males endémicos en Pointe des Lataniers no dan tiempo para el cansancio.

Así el anciano Lifet Wilmer expresa a Yunior que se recuperó bien del cólera, que no tiene más malestares (fue el primero que enfermó del terrible mal en la comunidad), pero que necesita algo para la picazón en una hernia gigante instalada en sus genitales.

En casa de Imosia Maxie, con sus seis "vejigos", todos menores de diez años, el doctor Alexander y el enfermero Manuel, tras la revisión, le entregan el medicamento y le indican como desparasitar a sus vástagos, que han crecido silvestres, como la floresta.

Otro anciano se queja de fuertes dolores en su espalda —el haitiano soporta grandes cargas de trabajo pesado casi infrahumano durante toda su vida—, y le prescriben un antinflamatorio, mientras en la choza de Ulice Manila y Wilme Yosle se les recomienda dar mucho líquido a sus dos críos para atajarles un incipiente catarro.

En más de siete agotadoras horas, este equipo móvil, de los que la Brigada Médica cubana tiene desplegados 47 en Haití, revisó a 379 personas, de ellos 273 niños, en quienes diagnosticaron enfermedades como catarata bilateral congénita, diarreas virales y parasitarias, gripes, escabiosis y varicela.

En la mayoría de los casos, los brigadistas sanitarios cubanos dejaron el tratamiento con el medicamento de donación correspondiente y también un consuelo. Esta noche, en Pointe des Lataniers se dormirá con menos angustia.

Casi a la hora de retirarnos, el joven haitiano Jackson Fregat Vil, quien estuvo un buen tiempo junto a nosotros, me sorprende y pregunta por Fidel y por el estado de su salud. Y gracias a un adolescente haitiano que habla bastante bien el español, le respondo que sí, que Fidel está bien, como un Caguairán.

Ni corto ni perezoso, otro joven, Nazaire Dieudonne, me señala que él sabe de Raúl Castro. Los pueblos son sabios, no se equivocan. (Cubaminrex – Granma)

 

 

 

 

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