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Aún sufre mi Haití.

CUBA, 12 de enero de 2011.- Cuando hace un tiempo regresaba definitivamente de Haití, de mi Haití cherie, pensé que no volvería a hablar de sus pesares. Había visto tanto en tan poco tiempo, que la sola mención de su nombre provocaba una sensación de angustia solo aliviada por la persistencia de mi Patria en la tierra que se había convertido (seguro lo era desde antes) en el infierno de este mundo.

Entonces volvía a Cuba luego de varios meses conviviendo con aquellos a quienes la vida se les había sacudido demasiado. Un espasmo de tierra, justo a las 4 y 53 de la tarde del martes 12 de enero, convertía a Puerto Príncipe en la ciudad de los muertos, en la sede del caos, en el coro de los lamentos... Al poner los pies en mi país pensé ingenuamente que las imágenes aterradoras habían quedado bien lejos. El mar de por medio "suponía" pasar página a las duras vivencias de la nación de Louverture.

¡Cuán simple quedaban por aquellas horas mis ideas! Aún no podía percatarme que Haití se había agarrado al corazón de todos los que tuvimos la oportunidad de vivirlo; de conocer a su gente; de caminar sus calles abarrotadas, caóticas, alegres; de reír con sus niños de miradas ensombrecidas por la pobreza, pero que no se cansaban de besarte cuando ellos eran el centro de la atención; de comprobar consternados los bosques casi inexistentes, los ríos raquíticos, ahora contaminados, la basura amontonada, lastimosa, la insalubridad ofensiva, la ayuda internacional intermitente, negada a arribar... Y es que Haití, como me comentó un médico cubano que culminaba su misión, "nos cambió la vida de un tajo".

Por eso este miércoles, cuando la tarde taladre nuestros recuerdos porque hace un año que Haití pena, más que eso porque hace decenios que sufre, volveremos a recordar cuando la ausencia de imágenes de la catástrofe apretujaba corazones. Quizás palpitemos de nuevo con el primer avión cubano que llegaba al aeropuerto de la capital haitiana cargado de aquellos buenos médicos que la madrugada había sacudido de la cama tibia de sus hogares para aterrizar de un pestañazo en la tierra vapuleada y unirse a sus hermanos de la ya establecida Brigada Médica Cubana que comenzaban a sanar sin haber superado el terror, sin poder decir aún a los suyos que estaban bien.

Mientras del lado de acá del mar, ese que suponía espacio suficiente para olvidar, a muchos solo nos queda recordar nuestro Haití, allá más de 1 000 cubanos amanecieron como otro día cualquiera porque no hay tiempo para los recuerdos. Los enfermos que comienzan a hacer fila frente a los hospitales hablan de otra cruda realidad que habrá que seguir sanando: porque todavía quedan quienes confían en encontrar la luz al final del camino. (Cubaminrex – Granma)

 

 

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