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La guantanamera Dinora en las alturas de Kenscoff.

CUBA, 23 de febrero de 2011.- La doctora guantanamera Dinora Lahera Portuondo no olvidará jamás Haití. A punto de cumplir una honrosa misión de dos difíciles años en la patria de Louverture, esta mujer de temperamento fuerte, pero tímida ante una grabadora, ha tenido que enfrentar retos tan abrumadores aquí como el devastador terremoto del 12 de enero del pasado año (algo de lo que no quisiera acordarse nunca), junto a las emergencias provocadas por el sismo y por la epidemia del cólera, además de enfermedades solo vistas por ella en libros de medicina.

Su labor profesional ha tenido como "epicentro" la salud de las personas de muy bajos recursos de la comuna de Kenscoff (52 000 habitantes), ubicada unos 25 kilómetros al sudeste de Puerto Príncipe, en una deforestada montaña nada menos que a 1 400 metros sobre el nivel del mar, en un peculiar microclima de muy bajas temperaturas.

Unas 30 o 40 personas esperan en el salón, pues "las necesidades de atención médica acumuladas a través de los años son muchas en Haití y es difícil satisfacerlas".

En el momento de la visita de Granma, la doctora Dinora, siempre afable y con una sonrisa que realza su belleza natural, atendía a Gillen Jean por infección vaginal y posteriormente a los niños Paul Richarson, de 14 años, y Félix Frantz, de 2 meses de nacido, por una infección respiratoria aguda.

La ayudaban en la consulta el peruano Niels Alfredo Nastares y la haitiana Lourdes Philippeaux, graduados en el 2009 y el 2010, respectivamente, de la Escuela Latinoamericana de Medicina de La Habana.

Tiene a su cargo en esos contornos montañosos la única institución asistencial (dispensario) de la Santé (Ministerio de Salud Pública y Población de Haití); y lo mismo se le ve en la consulta desde temprano o bajando o subiendo lomas en el trabajo de terreno, en visitas a casas humildes, donde calma tanto sufrimiento de las familias haitianas.

Relata que aunque en Kenscoff reside una fuerte clase media, que tiene a su disposición clínicas privadas, muchos de sus habitantes no cubren sus necesidades mínimas y a veces no tienen incluso cómo pagar los 25 gourdes (casi 50 centavos de dólar), que la Santé estipula como tarifa por el dossier (expediente) médico por paciente.

"He vivido y sufrido las carencias materiales y existenciales del pueblo haitiano", puntualiza.

Recuerda las difíciles circunstancias en que le tocó atender la salud de los desplazados del terremoto en los campamentos Bele I y II en Puerto Príncipe, de las jornadas extraordinarias por la emergencia del sismo en los hospitales de campaña, de la asistencia médica en Ka-Fu-Fey y Fond Verrettes, "esta última una zona muy rural cerca de la frontera con República Dominicana, en la cual te encuentras una miseria tan extrema como no había visto nunca en mi vida", dijo.

Representó igualmente para ella un de-safío aprender sobre la marcha el creole con los haitianos que trabajan en el lado dominicano, así como enfrentar la epidemia de cólera en la comuna de Arcahaie, también del departamento Oeste.

Enfundada en el amor, "dondequiera que esté", a su hijo de 13 años, Carlos Alberto Quesada Lahera, en octavo grado, a su esposo Eusebio Betancourt Pérez, un técnico de la compañía ETECSA en Guantánamo, señala con orgullo que después de Haití no podrá equivocarse nunca en el diagnóstico de enfermedades como el cólera, la malaria o la fiebre tifoidea, de las que solo tenía referencias bibliográficas, una experiencia única.

Nos pidió que no dejáramos de mencionar las muestras de afecto del pueblo haitiano y afirmó que le gusta mucho la pelota y "en esta Serie 50, aunque guantanamera, deseó el triunfo del equipo de Santiago de Cuba". (Cubaminrex – Granma)

 

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