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Discurso del Ministro de Relaciones Exteriores de la República de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, en el segmento de alto nivel de la 16 COP/CMP6 de la CMNUCC. Cancún, México, 8 de diciembre del 2010.

Señor Presidente:

Distinguidos Jefes de Estado y de Gobierno; Jefes de delegación:

Distinguidos delegados:

Fuerzas poderosas aseguran sin titubear que el cambio climático no existe, que no hay nada por qué preocuparse y que el serio problema que hoy nos convoca es toda una fabricación. Son las que hoy se oponen en el Congreso de los Estados Unidos de América a la ratificación de los débiles instrumentos que controlan la proliferación de armas nucleares, en una cruzada insensata cuyo único propósito consiste en acabar de recuperar la pequeña parte del poder que perdieron hace apenas dos años.

Son las que quieren reducir los impuestos del 10% de la población que controla el 90% de la riqueza, las mismas que se oponen a la reforma del sistema de salud, del seguro al desempleo y a cualquier propuesta que signifique un pequeño paso hacia el progreso o la equidad.

Lo cierto es, bien lo sabemos los aquí reunidos, que el cambio climático, unido a la seria amenaza de una conflagración bélica de dimensiones nucleares, constituyen los peligros más graves e inminentes que enfrenta la humanidad para su supervivencia.

La ausencia de progreso hacia una solución real de ambos problemas responde a la actitud irresponsable de quienes promueven y se benefician del despilfarro, las catástrofes, las guerras y la tragedia que viven nuestros pueblos.

Es un deber de todos demandar, a quienes tienen toda la responsabilidad histórica, que cese el derroche y el consumo irracional de los recursos limitados de nuestro planeta y que se destinen a la promoción de la paz y el desarrollo sostenible de todos los pueblos las sumas millonarias que hoy se utilizan para hacer la guerra.
 
Hace un año, en Copenhague, se fracasó en responder a la expectativa mundial ante la 15 Conferencia de las Partes de esta Convención, con la visión de alcanzar un acuerdo global que hiciera frente de manera justa y efectiva al cambio climático.

Primaron allí procedimientos antidemocráticos y una total falta de transparencia. Un grupo de países, encabezados por Estados Unidos, el mayor emisor per cápita e histórico, secuestró el proceso de negociaciones e impuso un documento apócrifo que no resuelve, siquiera, los desafíos identificados por las investigaciones científicas más conservadoras sobre el tema. Copenhague resultó un desastre.

Después, los Estados Unidos y la Unión Europea se lanzaron a una campaña de presiones políticas, financieras y condicionalidades a la Ayuda Oficial al Desarrollo para tratar de dar legitimidad al inexistente “Acuerdo de Copenhague”.

Resultan de particular interés los documentos clasificados norteamericanos recientemente develados, incluido el registrado como 249182, 10BRUSSELS183, del 17 de febrero del 2010, que se refiere a acciones —y cito— para “neutralizar, cooptar o marginar” un grupo de Estados entre los que se menciona a Cuba.  Tengo aquí este documento y otros más, en mi poder, que demuestran la pérfida diplomacia de las potencias en relación con el cambio climático.
Señor Presidente: 

El cambio climático es una amenaza global que requiere soluciones también globales, que sean justas, equitativas y equilibradas, y que involucren a todos los países del mundo. Por eso adoptamos tras arduo esfuerzo la Convención Marco y su Protocolo de Kyoto y por eso sus principios cardinales son hoy tan válidos como cuando los concebimos.

Es ampliamente reconocido que la causa principal de la alteración del sistema climático mundial son los patrones de producción y consumo insostenibles que prevalecen en los países desarrollados. También se reconoce que el principio de las responsabilidades comunes pero diferenciadas, y las respectivas capacidades de los Estados, constituyen la piedra angular de una solución justa y duradera.

Los países del Sur no somos los responsables de la falta de acuerdo para frenar el cambio climático. Somos, más bien, las víctimas de la falta de avances y de las actitudes egoístas de quienes ya disfrutan de la sobreexplotación de los recursos agotados del planeta. Las pequeñas islas, aún más vulnerables, merecen consideración y trato especial.

La Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, realizada en mayo pasado, en Cochabamba, hizo planteamientos esenciales que deben ser tomados en cuenta.

Señor Presidente:

Un acuerdo a largo plazo tiene que garantizar una perspectiva de desarrollo sostenible para los países del Tercer Mundo, y no una restricción adicional y agobiante para lograrlo.  Eso implica que sus emisiones de gases de efecto invernadero deben crecer inevitablemente para satisfacer las necesidades de su desarrollo económico y social.  La Convención Marco así lo establece y los países desarrollados deben aceptarlo.

En el marco de un segundo período de compromisos dentro del Protocolo de Kyoto, los países industrializados tienen que asumir obligaciones vinculantes, cuantificables y más ambiciosas de reducción de sus emisiones.

Es necesario e impostergable adoptar ahora, aquí en Cancún, decisiones concretas sobre un segundo período de compromisos del Protocolo de Kyoto.  Hay un grupo de países desarrollados, en este mismo proceso de negociación, intentando liquidar el Protocolo de Kyoto con el pretexto de que cubre solo el 20% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.  En realidad, la Convención Marco cubre el 100% de dichas emisiones y este es un mero pretexto egoísta.

De Cancún debe salir, al menos, una hoja de ruta clara y precisa hacia la solución de los problemas centrales del cambio climático en dirección a la 17 COP en Durban dentro de un año.

Combatir el cambio climático entraña enfrentar la pobreza y la desigualdad social.  Implica la obligación de transferir tecnología desde el Norte industrializado hacia el Sur subdesarrollado.  Requiere facilitar los recursos financieros que permitan a las economías en desarrollo hacer frente a la adaptación y la mitigación, y brindar financiamiento fresco por encima de los compromisos ya existentes y cada vez más precarios y condicionados  de la Ayuda Oficial para el Desarrollo.

Si bien parece viable que en esta Conferencia se pueda llegar a acuerdos en materia de adaptación y transferencia de tecnología, es imprescindible que definamos mecanismos de financiación o recursos realmente significativos para enfrentar los efectos del cambio climático. 

No podrían funcionar estos  mecanismos en el seno del Banco Mundial ni de ninguna otra institución del sistema de Bretton Woods, pues entrañaría condicionalidades, discriminación y exclusiones.  Las instituciones de Bretton Woods son tan responsables históricamente del cambio climático como los gobiernos de los países desarrollados.

No se trata de una obra de caridad, sino, ante todo, de una obligación moral y jurídica, resultante de los compromisos asumidos en la Convención. Las migajas prometidas en Copenhague fueron extremadamente exiguas y ni siquiera se han materializado, los mecanismos de mercado, ni las políticas neoliberales, que ya no tienen ninguna credibilidad, nos ayudarán a avanzar.

Señor Presidente:

Las terribles inundaciones que ahora mismo sufren Venezuela y Colombia concitan toda nuestra solidaridad y evidencian la urgencia del problema. 

El orden mundial es insostenible. La sociedad humana, para sobrevivir, tendrá que organizarse de otra manera.  Llegó la hora de actuar. El tiempo se termina. Se ha perdido otro año desde el engaño de Copenhague.  Los pueblos no pueden esperar por los poderosos.

Muchas gracias

 

(Cubaminrex)

 

 

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