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MEDIO ORIENTE: EXTREMISMOS Y MESURAS

Por Elsa Claro

En julio del año 2000, a poco de concluir mandato, el presidente demócrata William Clinton, quien meses antes había ordenado los bombardeos sobre una ya desmembrada Yugoslavia, hizo un fuerte intento por borrar ese feroz incidente tomando de los cuernos una bestia cerrera: el problema palestinoisraelí.
Pero no logró su ansiado pedacito en la Historia con un éxito en la empresa. Hacía casi siete años por entonces que se habían firmado los Acuerdos de Oslo y se deseaba reavivar dijeron en Washington las posibilidades de paz para el viejo conflicto.
Si se le hace caso a los portavoces presidenciales y a una parte de la prensa que repite lo que escucha por comodidad o anuencia, Yasser Arafat rechazó en aquél momento la “gran oferta de todos los tiempos”. Decían que le entregaban a los palestinos el 95% de Gaza y Cisjordania, y que el líder palestino, al negarse a firmar, boicoteaba la posibilidad de un estado independiente y la paz para su pueblo.
Se ha manejado insidiosamente la idea de que Arafat era un obstáculo para solucionar el histórico dilema. Fue el “argumento” de George W. Bush para apuntalar a Ariel Sharon cuando el premier judío decidió que el presidente de la Autoridad Nacional Palestina no era un interlocutor aceptable, razón que provocó que la muy manipulada Hoja de Ruta, pasara al recodo de los caminos sin final.
Ahora, y apenas exhumados los restos del combatiente nacionalista, Bush y Blair, sin el menor respeto, reabrieron el archivo de las descalificaciones. Hay una nueva oportunidad en el Medio Oriente de construir una democracia, dijeron a coro, mientras en Tel Aviv el que ordenó la matanza de Sabra y Shatila y provocó la segunda Intifada, se disponía a ser generoso con los lamentablemente divididos sucesores de Arafat.
Culpar a quien no puede ya defenderse es de por sí solo un acto bajo y aunque en política la de esos tiempos y en particular la de estos personajes hay un vale todo siniestro, es inocultable la vileza.
En realidad Israel nunca cumplió con los pactos firmados. Los redujo y fragmentó todo lo posible y fue retardando la aplicación de cada etapa de retirada a que se comprometiera, hasta dejar casi en nada lo firmado en el 93 y que, paradójicamente, le costó la vida al premier Yisak Rabín en 1995 a manos de un judío extremista que consideraba anti-patriótico haberle dado a los palestinos un trozo de lo que les pertenece.
La verdad es comprobable aunque se ter-giverse u oculte. Después de Oslo, la canti-dad de colonos instalados en tierras pales-tinas, pasó de 80 000 a 150 000. Según el pacto, hasta pormenores significativos, como la división del agua en la zona, quedarían resueltos antes de 1999 pero las autoridades israelíes, lejos de abandonar Cisjordania, abrieron nuevos asentamientos.
Porque Benjamín Netanyaju y Ejud Barak, no retiraron tropas ni desmantelaron colo-nias, pero si fueron reduciendo el espacio y derechos conferidos a los palestinos. Ariel Sharon hizo lo mismo y les añadió el cerco de un intolerable muro.
El autor de los asesinatos selectivos y la escalada de agresiones, decidió un día que Arafat no era una contrapartida a tener en cuenta. Lo tildó de terrorista, lo redujo a la Mukata y le hizo amenazas de muerte. Nada raro entonces que unos cuantos se estén preguntando si fue natural el reciente dece-so del rais.
Bush, poco original, le dio todo su apoyo a Sharon, confiripendole encima el tí-tulo de hombre de paz !hay que ver! y asu-miendo como acertadas las valoraciones del ex general sionista sobre Arafat. De ahí que el escaso movimiento que tuvieron de enton-ces acá las turbulentas negociaciones entre palestinos e israelíes no prosperaran y ape-nas han servido para aliviar algunas malas conciencias, ante cerca de 40 años de ocu-pación sin que eso que a veces llaman comu-nidad internacional, hiciera lo suficiente para zanjar la anomalía que ha estado provo-cado humillaciones y crímenes a granel.
Ahora sucede lo que tantas veces. Le niegan a un individuo el derecho a servir como paradigma de su gente. Los victimarios se hacen pasar por víctimas. Los culpables son dados por inocentes. Así se dictamina desde el púlpito soberano de la Casa Blanca. Por eso lo mismo en la capital hebrea que en la norteamericana afirman que ahora sí hay posibilidades de alcanzar concordia, de construir una democracia.
Nadie se extrañe, sin embargo, si eso no ocurre tampoco en los próximos 4 años o si, al contrario, poco de lo que hay también se pierde.

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