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MÁS ESTIERCOL FRENTE AL VENTILADOR

Por Elsa Claro
5 de marzo de 2007

A poco de la perturbadora caída de las bolsas en febrero, el Instituto Expertos y miembros de la Reserva Federal de Estados Unidos, dieron a conocer sus inquietudes sobre las perspectivas de la economía norteamericana. Partiendo de la inflación y de los altibajos en el crecimiento y llegando a los excesivos gastos bélicos, pero sin olvidar los enormes déficit presupuestario y comercial, calculan los más juiciosos que pueden estar cerca serios descalabros, y no solo para el país, sino se teme que desde allí se extiendan para buena parte del mundo. No sería la primera oportunidad en que suceda.

El tema se viene manejando desde hace tiempo, pese a que cualquier enfoque razonable contrasta con los criterios que se manejan por la élite financiero-empresarial, particularmente la beneficiada con los gastos armamentistas. Para ellos invadir y ocupar Iraq y Afganistán no hizo daño a Estados Unidos ni tampoco será pernicioso para sus ciudadanos que el Congreso apruebe la partida de 776 mil millones (el 27% de todo el presupuesto del país), propuesta por George W. Bush para gastos militares.

Esas cifras son las que se divulgan, pues a la sombra quedan las facturas manejadas a discreción sea para asuntos de inteligencia o para nuevas generaciones de armas. Son parte de las estructuras que permiten la estafa y el engaño. Está probado por las auditorias oficiales que dan cuenta sobre miles de millones perdidos.

Lamentable que al menos la mitad de las contribuciones ciudadanas se gaste en estos desbordes bélicos. Peor es que se pide y se usa mucho en destruir pero se escatima lo que debe darse a los agredidos o a quienes retornan de estas aventuras imperiales con el cuerpo y la mente lesionados. Archisabido a estas alturas que el que se tenía como principal centro hospitalario para atender a los soldados heridos en las dos guerras actuales de Bush, estaba infectado de ratas, insectos y hongos.

Revelaciones periodísticas descubrieron que, encima, los veteranos de Irak y Afganistán han tenido que atravesar por tortuosos engranajes burocráticos que dilataron el momento y la calidad de la atención que debieron darles de inmediato y sin cortapisas.

El presidente norteamericano acaba de solicitar 86 000 millones de dólares para poner al día esos servicios. Se ocupa un poco tarde, parece, pues ya transcurrieron casi 6 años de que comenzara la invasión de Afganistán y pronto serán 4 los transcurridos desde la emprendida contra Iraq. Y es elemental suponer que el problema del renombrado hospital Walter Reed no comenzó ayer. Otra obviedad es que no todo se resuelve solo con dinero.

Que haya ocurrido situación tan abominable evidencia, sin la menor duda, que el destino de miles de movilizados nunca fue materia de inquietud para el mandatario o sus secuaces en el poder. Bush jamás ha estado presente en las honras fúnebres de ninguno de los caídos ni les ha otorgado atenciones a aquellos que quedaron inválidos.

Hace tiempo, distintas publicaciones y personas que se convirtieron en activistas contra la guerra a partir de luctuosas experiencias sufridas con sus hijos u otros familiares, vienen denunciando las irregularidades y escasas atenciones otorgadas a quienes sirvieron para tomar un fusil en nombre de un hipotético combate al terrorismo, pero en realidad en resguardo de intereses de los siempre por encima de la sociedad llana.

De que los psicólogos y otros especialistas no estaban bien preparados para atender el más extendido de los males de esos excombatientes, el shock postraumático, se tienen montones de informaciones y pruebas. Era necesaria la atención tanto a los veteranos como a sus allegados, pero no se tomaron las cautelas del caso antes ni se le ha dado la atención requerida posteriormente. Se mantiene como una insuficiencia de efectos muy graves.

Un documento difundido por The New York Times, dice que "muchos marines sufren profundas enfermedades psiquiátricas después de servir en Iraq y Afganistán”. El reporte es de la Marina de los EE. UU. y se refiere a los daños que esas terribles prácticas provocaron en la mente de miles de jóvenes norteamericanos, pero se sabe que en número impreciso fueron reclutados no pocos con notables perturbaciones, no aptos para el servicio.

Luego tras el escándalo, desatado por el diario The Washington Post, y que provocó la dimisión de dos generales y del secretario del ejército, hay mucho de podrido.

Existe un memorando del propio hospital, que circuló desde septiembre del 2006, advirtiendo que privatizar parte de los servicios de ese centro de asistencia ponía en riesgo la atención a los pacientes.

Los responsables militares ignoraron la advertencia y cuando los periodistas comenzaron a publicar lo que estaba ocurriendo, negaron la evidencia, pero eran demasiados los testigos que estaban padeciendo los problemas como para mantenerlos ocultos.

Quizás le den a Bush esos 86 000 millones, pero nadie puede asegurar que los emplee bien y en reparar lo que de todas formas está profunda y lamentablemente quebrado.


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