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Patrimonio

Repatriación de los restos de Francisco Henríquez y Carvajal, ex-presidente de jure de la República Dominicana y amigo de José Martí Pérez

Este insigne patriota dominicano, Francisco Henríquez y Carvajal, nació en la ciudad de Santo Domingo el 14 de enero de 1859, época en la cual la primera República Dominicana se debatía  en un ambiente de arduas luchas contra las invasiones de los militares haitianos, la  tendencia a la anexión del gobierno de Pedro Santana  al Reino de España, así como las intromisiones de otras potencias extranjeras.
Todos sus estudios los cursó en su país natal, hasta graduarse de licenciado en Derecho y doctor en Medicina, especializándose en París en la rama de la cirugía. Ejerció esta profesión por más de cincuenta años, de estos dos en Haití y por más de tres décadas en la ciudad Santiago de Cuba, provincia de Oriente, después de revalidar su título en la Universidad de la Habana en 1903. Para esa fecha ya Francisco Henríquez y Carvajal tenía una notable participación en la vida política de la República Dominicana, como lo demuestra que durante su estancia en la Isla, eventualmente, se desempeñó como diplomático y además cumplió con misiones revolucionarias encomendadas por su gobierno, organizaciones educacionales, estatales y políticas.
No obstante, su figura juega un papel más relevante cuando es designado Presidente  de jure de la República el 31 de julio de 1916, a consecuencia de los hechos ocurridos en su país cuando ocupaba la presidencia de la República, entre el 5 de diciembre de 1914 y el 7 de mayo de 1916, Juan Isidro Jiménes y Pereyra; quien en su Gabinete incluyó a Desiderio Arias con el cargo de Ministro de Guerra y Marina, por el compromiso contraído con el apoyo en la contienda electoral que le dio el triunfo.
Solo transcurridos once meses, en enero de 1915, el presidente  Jiménes comienza a tener fuertes discrepancias con el gobierno de los Estados Unidos por las actuaciones injerencistas del  Secretario de Estado, William Bryan que planteaba varias exigencias inaceptables por su carácter ilegal e intervencionista como: las rentas internas las cobraría la Receptoría General de Aduanas; un ciudadano norteamericano sería nombrado con el cargo de Superintendente de Hacienda para controlar los gastos nacionales y encargado del presupuesto; desaparición o reducción del ejército nacional para ser sustituido por un cuerpo de la policía o guardia civil que estaría bajo el mando oficial de los Estados Unidos. En adición, en el cargo de Director General de Obras Públicas y Comunicaciones del país estaría también un ciudadano estadounidense.

Coincidentemente con estos incidentes, Juan Isidro Jiménes y Pereyra emitió una proclama con el propósito de informar al pueblo, sobre la destitución del General Arias de su cargo de Ministro de Guerra y Marina, al mismo tiempo que removió de sus puestos a los seguidores de éste, acusándolos de haber cometido actos de traición. La reacción inmediata de Arias, fue utilizar las tropas a su mando para crear un frente de resistencia.

El presidente norteamericano Woodrow Wilson por medio del Secretario de Estado, Robert  Lansing (autor del conocido como, Plan de Dominación de México, que se aplicó de 1915 a 1920), dio la orden al Ministro W. W. Russell que hiciera saber a las distintas partes dominicanas en conflicto, que el gobierno de los Estados Unidos apoyaba al presidente Jiménes.  Condicionaron este respaldo, a que Jiménes  solicitara la ayuda activa de los infantes de marina, que hacia pocos días había arribado a territorio dominicano. No fue aceptada esta variante arbitraria y a cambio solicitó que le entregaran armas y municiones para enfrentarse a Arias. 

La reacción del gobierno norteamericano no se hizo esperar; por decisión unilateral y prepotente, sin mediar ninguna consulta con las autoridades gubernamentales dominicanas, ordenaron el  desembarco de sus tropas el 4 de mayo de 1916 bajo el argumento que el objetivo era proteger la Legación de los Estados Unidos, la Receptoría General y a los extranjeros congregados en la Legación de Haití. Ante este hecho consumado, y de cara a la realidad de que un enfrentamiento con Arias solo serviría como otro pretexto para un desembarco mayor de tropas estadounidenses, Juan Isidro Jiménes y Pereyra renunció,  el 7 de mayo de 1916.

Es entonces que el poder ejecutivo lo ocupa de forma provisional el Consejo de Secretarios,  mientras que se eligiera un presidente. De nuevo el gobierno de los Estados Unidos manifiesta su actitud intervencionista, cuando exigen que el elegido tenga la aprobación del Departamento de Estado y que las fuerzas norteamericanas emitan un ultimátum a las tropas de Arias para que entreguen la Capital con fecha tope, 15 de mayo. Esta acción provocó que el grupo armado de Arias abandonara Santo Domingo, llevándose todas las armas y las municiones en existencia; en espera  que el pronunciamiento del Consejo de Secretarios lo eligiera, para ocupar el cargo de Presidente de la República. Al día siguiente, la capital fue ocupada totalmente por los marines norteamericanos.  

El Consejo de Secretarios demoró tres meses en anunciar su decisión, dilatado por los manejos  políticos; espacio de tiempo en el que los marines continuaron desembarcando arbitrariamente en territorio dominicano. El 25 de julio de 1916, se eligió de facto a Francisco Henríquez y Carvajal como presidente interino por seis meses, quien se encontraba acreditado como diplomático ante el gobierno de la República de Cuba, con residencia en la ciudad de Santiago de Cuba. En el mes de abril, durante su estancia en Buenos Aires como delegado a la Conferencia de la Alta Comisión Financiera Panamericana, al tener conocimiento del primer desembarco de tropas norteamericanas en República Dominicana, viajó a los Estados Unidos y  presentó su protesta ante el Departamento de Estado.

Al  ocupar Francisco Henríquez y Carvajal, la Presidencia de la República el 31 de julio de 1916, en la composición de su Gabinete se nombraron representantes de todos los partidos políticos con la mayor cantidad de criterios diferentes de los ciudadanos del país. Los Estados Unidos, en aras de preservar sus intereses y con la perspectiva de participar en la  avizorada Primera Guerra Mundial, ya tenía conformado sus planes para la República Dominicana.

El 18 de agosto de 1916, la política norteamericana para la República Dominicana quedó al descubierto. El Receptor de las Aduanas Dominicanas, C. H. Baxter publicó un aviso para informar que la oficina recaudadora que dirigía no haría más pagos por Cuenta del Gobierno Dominicano, hasta que este gobierno no fuera reconocido por los Estados Unidos o aceptara las condiciones contenidas en la célebre nota 14.

Con esta medida se privaba de recursos al Gobierno dominicano y lo condenaba a la indigencia financiera, al dejarlo sin crédito e incapaz pagar los salarios de los empleados públicos y de los militares. Francisco Henríquez y Carvajal actuó con firmeza al no transigir con las imposiciones de los americanos, para ello sostuvo varias entrevistas con el Ministro norteamericano W. W. Russell, al que le expuso el argumento de la soberanía nacional y de la legitimidad de su Gobierno interino.

Sin embargo, todas sus gestiones resultaron infructuosas y se mantuvo el embargo económico ilegal a su gobierno interino que finalizó el 29 de noviembre de 1916 y posteriormente Henríquez pasó al exilio en Cuba . El Capitán  H. S. Knapp, Jefe de las Fuerzas de los Estados Unidos, desde el crucero Olimpia dio lectura a la orden que traía del gobierno del presidente Woodrow Wilson, para que la República Dominicana quedara puesta bajo un estado de ocupación y sometida a un gobierno militar y al ejercicio de la ley militar de las tropas invasoras. La ocupación militar del territorio dominicano por las tropas de infantería de marina de los Estados Unidos se extendió hasta julio de 1924.

Francisco Henríquez y Carvajal, ha quedado en la historia de América Latina como el primer presidente latinoamericano que alzó su voz valiente, enérgica y digna  en la entonces Sociedad de las Naciones, predecesora de la actual Organización de las Naciones Unidas (ONU), para acusar al gobierno de los Estados Unidos por su abusiva política injerencista, desconociendo al pueblo dominicano y la soberanía nacional de la República Dominicana. Después de finalizar su mandato presidencial, desde 1931  hasta 1932  fue nuevamente enviado como embajador extraordinario y plenipotenciario de su país a Haití y de inmediato de 1932 a 1933, en Francia y Bélgica. Exiliado en diversos países hispanoamericanos, Henríquez y Carvajal desarrolló una empeñada campaña en reivindicación de los derechos políticos dominicanos, que mantendría hasta su fallecimiento en 1935 en la ciudad de Santiago de Cuba, Provincia de Oriente, Cuba, a la edad de 76 años.
Francisco Henríquez y Carvajal, estuvo ampliamente identificado con la causa de la independentista cubana y de defensor de ésta, así como de la lucha del pueblo de Cuba para que la Isla dejara de ser una colonia de la metrópoli española. Esta actitud le permitió establecer a partir de 1892, una gran amistad con José Martí y Pérez que visitó por primera vez República Dominicana invitado por el patriota dominicano, quien lo puso en contacto con los miembros de la Sociedad de Amigos del País.
Entre la correspondencia intercambiada con José Martí, hemos tomado fragmentos de una de las cartas que le dirigió el Apóstol:

                                                                                   “Montecristi, 25 de Marzo de 1895

Sr. Federico Henríquez y Carvajal.
 Amigo y hermano:
Tales responsabilidades suelen caer sobre los hombres que no niegan su poca fuerza al mundo, y viven para aumentarle el albedrío y decoro, que la expresión queda como velada e infantil, y apenas se puede poner en una enjuta frase lo que se diría al tierno amigo en un abrazo. Así yo ahora, al contestar, en el pórtico de un gran deber, su generosa carta. Con ella me hizo el bien supremo, y me dio la única fuerza que las grandes cosas necesitan, y es saber que nos las ve con fuego un hombre cordial y honrado. Escasos, como los montes, son los hombres que saben mirar desde ellos, y sienten con entrañas de nación, o de humanidad.

 (…) Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo. Vea lo que hacemos, Vd. con sus canas juveniles, y yo, a rastras, con mi corazón roto.

De Santo Domingo ¿por qué le he de hablar? ¿Es eso cosa distinta de Cuba? ¿Vd. no es cubano, y hay quien lo sea mejor que Vd.? ¿Y Gómez, no es cubano? ¿Y yo, que soy, y quien me fija suelo? ¿No fue mía, y orgullo mío, el alma que me envolvió, y alrededor mío palpitó, a la voz de Vd., en la noche inolvidable y viril de la Sociedad de Amigos? Esto es aquello, y va con aquello. Yo obedezco, y aún diré que acato como superior dispensación, y como ley americana, la necesidad feliz de partir, al amparo de Santo Domingo, para la guerra de libertad de Cuba. Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino.

Me arranco de Vd., y le dejo, con mi abrazo entrañable, el ruego de que en mi nombre, que sólo vale por ser hoy el de mi patria, agradezca, por hoy y para mañana, cuanta justicia y caridad reciba Cuba. A quien me la ama, le digo en un gran grito: hermano. Y no tengo más hermanos que los que me la aman.

Adiós, y a mis nobles e indulgentes amigos. Debo a Vd. un goce de altura y de limpieza, en lo áspero y feo de este universo humano. Levante bien la voz que si caigo, será también por la independencia de su patria.
Su
       José Martí ”

La solicitud inicial de repatriación de los restos de Francisco Henríquez y Pereyra los tramita el gobierno de Joaquín Balaguer Ricardo, por conducto de su Canciller en la Organización de las Naciones Unidas (ONU),  al entregar una nota en agosto de 1990 al embajador Ricardo Alarcón de Quesada, representante permanente de Cuba ante ese organismo internacional. Posteriormente, el presidente dominicano envió una carta al presidente Fidel Castro Ruz, oficializando el interés de que los restos fueran trasladados a su tierra natal para depositarlos en el Panteón  Nacional del cementerio de Santo Domingo, en la República Dominicana.

En el Acta de Entrega de los restos del patriota dominicano, se recoge que ese acto se efectúa en cumplimiento de lo dispuesto por el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba, Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, con la aceptación de los familiares del ex-presidente Francisco Henríquez y Carvajal, con fecha 31 de octubre de 1990.

 

 

Pie de ilustración: Acta  de entrega para repatriación de los restos del ex-presidente de jure de la República Dominicana, Dr. Francisco Henríquez y Carvajal.
Fuente: Fondos Documentales del Archivo Central, Dirección de Gestión Documental. Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Cuba.

 

(Cubaminrex - Dirección de Gestión Documental)

 

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